El negacionismo de la derecha colombiana
La doctrina de la derecha colombiana es que “todo vale”, no hay ningún mínimo o código compartido con quienes disienten o respeto por las bases del Estado de derecho. Esta semana el Representante de la Cámara Miguel Polo Polo confirmó una vez más, que para la extrema derecha colombiana los derechos de las víctimas importan poco. En un acto censurable, despreciable y que pasó de agache entre los políticos del Centro Democrático y en general de la derecha, el Congresista tomó las botas que simbolizaban a los asesinados de las ejecuciones judiciales y las echó en una bolsa de basura. Las mismas habían sido instaladas en la Plaza de Bolívar por las Madres de Soacha, colectivo de víctimas cuyos hijos sufrieron el peor flagelo contra los derechos humanos de los últimos años en Colombia, la pena de muerte exprés que los medios de comunicación simplificaron en el eufemismo “falsos positivos”, pero que no fueron otra cosa que ejecuciones extrajudiciales. La Jurisdicción Especial para la Paz, un órgano independiente, calcula que al menos 6402 personas fueron asesinadas bajo esa modalidad.
Las acciones de Polo Polo no son una iniciativa aislada, sino que hacen parte de toda una estrategia discursiva del Centro Democrático
Las botas de caucho instaladas en el centro de Bogotá hacen parte de un acto conmemorativo pues simbolizan la manera en que a esos inocentes se les ponían con posterioridad a su asesinato, para hacerlos pasar por muertos en combate. En algunos casos se supo de la abyecta “técnica” pues aparecieron cadáveres con botas intactas, algo sospechoso si se suponían que eran portadas por guerrilleros en combate, o en otros, las botas puestas al revés. Todo develaba la premura por mostrar resultados en la lucha contra la subversión, al tiempo que se asesinaba a jóvenes inocentes del municipio de Soacha, aledaño a Bogotá. El representante Polo Polo no sólo tiró a la basura esas botas que hacían parte de un acto conmemorativo, sino que insistió en poner en tela de juicio la cifra de los 6402 masacrados, acudiendo al argumento ya consabido de los negacionistas de la supuesta falta de acceso a la lista con los nombres completos de las víctimas.
Las acciones de Polo Polo no son una iniciativa aislada, sino que hacen parte de toda una estrategia discursiva del Centro Democrático que, en repetidas ocasiones ha negado la existencia de dichas ejecuciones y en el colmo de la revictimización incluso el propio Álvaro Uribe Vélez llegó a asegurar que aquellas víctimas “no estaban rezando ni recogiendo café”, frase tristemente célebre que resume la ignominia de aquellos años de la llamada seguridad democrática (2002-2008). El máximo responsable político Uribe Vélez ha negado de manera tajante esas ejecuciones, las interceptaciones ilegales contra la oposición, prensa y activistas de los derechos humanos, y ha privilegiado siempre la tesis forzada de que se trató de miembros de la Fuerza Pública o de la inteligencia militar y civil que actuaron a nombre propio. La insistencia de los máximos dirigentes del Centro Democrático en negar la sistematicidad de lo ocurrido, ha terminado por calar en generaciones que repiten sin pensar que las 6402 víctimas son un invento.
En América Latina falta mucho recorrido y esta extrema derecha envalentonada y cada vez más violenta suele agredir los consensos históricos construidos sobre la base de la necesidad de buscar la verdad
El negacionismo se ha convertido en arma discursiva de la extrema derecha. A pesar de la violencia que ésta implica ha demostrado ser tremendamente eficaz y redituable electoralmente, no sólo en Colombia, sino que en general en el mundo se ha tendido a negar la existencia de la Shoah u holocausto, de los desaparecidos en Argentina, del genocidio en Palestina o de las víctimas de la política de seguridad democrática en Colombia. Hace más de una década el obispo británico Richard Williamson fue sancionado y multado en Alemania por negar el genocidio judío. Por lo general y de manera justificada, en Europa se suele censurar y punir a quienes niegan la gravedad de lo sucedido durante la Segunda Guerra Mundial. También vale la pena recordar cómo buena parte de la comunidad internacional cerró filas para rechazar las declaraciones negacionistas del presidente iraní Mahmmoud Ahmadinejad sobre ese mismo tema.
En América Latina falta mucho recorrido y esta extrema derecha envalentonada y cada vez más violenta suele agredir los consensos históricos construidos sobre la base de la necesidad de buscar la verdad, la garantía de no repetición y la reparación para las víctimas de las dictaduras militares o de los autoritarismos civiles. En Chile José Antonio Kast no tiene reparos en elogiar a Augusto Pinochet y reivindicar su legado, Jair Bolsonaro hace apología a las torturas durante el gobierno militar (1964-1985) y Javier Milei apela a la teoría de “los dos demonios” una retorcida forma de recurso retórico para justificar la represión militar, incluyendo de paso la misma idea de Polo Polo, poner en tela de juicio la cifra de 30 mil desaparecidos.
Habría que recordar la paradoja de Karl Popper según la cual la tolerancia que presupone el pluralismo no puede convertirse en condescendencia frente a discursos de odio que la pongan en tela de juicio. Es decir, no toda opinión o pensamiento es válido, pues cuando se trata de un discurso que afecte los derechos humanos o promueva la intolerancia debe ser proscrito. En Colombia aún se legitima el discurso de odio contra las izquierdas o aquellas ideas cercanas a la extensión del catálogo de derechos humanos. El silencio de la dirigencia de mayor influencia del Centro Democrático demuestra hasta qué punto para esta derecha extrema es un deber el aniquilamiento de la izquierda y cómo se sigue justificando el autoritarismo. La batalla por la memoria seguirá siendo un campo de lucha. De ello depende en buena medida que, de manera definitiva, se superen y queden atrás todos los asomos de autoritarismo.