“La gente que viene cada día está peor”: los comedores en la Argentina de Milei
Desde hace décadas, los comedores comunitarios son una respuesta concreta y cotidiana a la desigualdad. Con el tiempo se consolidaron como instituciones fundamentales de los barrios. Consiguen los alimentos, los preparan y entregan, pero también cuidan, orientan, gestionan, acompañan. Funcionan, en muchos casos, como puntos de referencia de toda la comunidad.
En la Argentina actual, con un Estado nacional que interrumpió la entrega de alimentos y una política social paralizada, estas experiencias no solo continúan, se reinventaron. Y en esa reinvención, las tareas se multiplican, los recursos escasean y la urgencia crece. Daniela, Jimena y Zulma son tres mujeres que organizan comedores comunitarios en José León Suárez, Villa Cildañez y Costa Esperanza. En sus relatos aparece una certeza compartida: lo que antes era difícil, hoy es casi imposible. Pero siguen. Sostener la olla es también sostener a la comunidad. Y mientras el Estado se retira, ellas permanecen en la primera línea de lo urgente.
Daniela: “Con la escuela que nos dio Lore”
Daniela Báez trabaja hace seis años en el comedor del Centro Comunitario 8 de Mayo, fundado por Lorena Pastoriza hace 27 años “en el medio del basural” de José León Suárez, San Martín. Desde entonces, el espacio creció hasta transformarse en una red barrial con comedor, jardín, escuela para adultos, actividades comunitarias y vínculos con instituciones del territorio. “Contamos con una Unidad de Desarrollo Infantil (UDI), un jardín comunitario con salas de 2 a 5 años, funciona de lunes a viernes, con desayuno y almuerzo. Hay apoyo escolar y primaria para adultos”.
En el comedor, el aumento de la demanda es notorio. “Hoy en día se entregan casi 500 viandas, tres veces a la semana”. A eso se suma que cualquier actividad implica organizarse para recibir a más personas: “Pensar en cada propuesta que se haga, es saber que va a haber más gente”.
Desde hace décadas, los comedores comunitarios son una respuesta concreta y cotidiana a la desigualdad. Con el tiempo se consolidaron como instituciones fundamentales de los barrios
Articulan con la salita de salud del barrio con la que organizan jornadas de vacunación o operativos para que se atiendan las familias. Forman parte de una cooperativa de reciclaje que permite comprar alimentos: “Somos parte de la Cooperativa Bella Flor, con una planta de reciclaje en el basural del CEAMSE (Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado), en donde vendemos materiales y con eso podemos comprar alimentos para la olla”.
Pero hay algo que reafirma cada día su compromiso: el legado de su referenta. “Lorena partió físicamente en agosto del año pasado. Hoy sostenemos nuestros espacios con la escuela que nos dio Lore. Sin ella no hubiera sido posible todo esto”.
Jimena: “Estos lugares son para sostener a los olvidados”
En Villa Cildañez, en la Ciudad de Buenos Aires, Jimena Gomez trabaja en la olla de la unidad básica Patria de lxs Humildes. El espacio funciona en una situación cada vez más grave “muchos comedores y ollas que había en el barrio ya no están. Por eso también la demanda recae sobre la nuestra”.
Empezaron en pandemia, cuando las necesidades habían empezado a volverse urgentes. Desde entonces, fueron sumando y recortando días según las posibilidades. Hoy, solo cocinan los sábados.
“La situación empeoró muchísimo. Antes venían con el táper para el mediodía. Ahora vienen con el táper para el mediodía y para la noche. O para el domingo. Te das cuenta que no alcanza el día”. También cambió el perfil de quienes se acercan: “Gente que no es del barrio, familias enteras. Creció un montón la demanda de adultos mayores a quienes las jubilaciones no les alcanzan para comer.” El recorte de programas y la falta de empleo golpea fuerte: “Antes había programas donde la gente tenía un resto para llegar a fin de mes. Todo eso se cerró.”
Hoy, la olla se sostiene con lo justo: “Nos vamos rotando para no cansarnos. Las pocas compañeras que laburamos estamos sosteniendo con nuestro aporte. Y a través de donaciones. Funciona también como un espacio de escucha, comenta Jimena que la gente pregunta por trabajo. Cree que “la cosa no va mejorar” y será fundamental fortalecer a estos espacios.
Zulma: “Tuvimos que achicar todo”
Zulma Monges coordina el comedor “Vivan los sueños felices”, en Costa Esperanza, San Martín. Funciona con espacio físico desde 2003 pero nació en la crisis de 2001. Hoy entregan viandas los lunes, miércoles y viernes. “Estamos asistiendo a unas 280 personas”.
Los cambios son visibles. “Antes teníamos comedor de lunes a viernes, merienda y cena. Ahora solo tenemos cena tres veces por semana”. El gobierno nacional, les dio la espalda desde que asumieron, nunca hubo reconocimiento a la tarea.
La situación económica los obliga a crear distintas estrategias para buscar recursos: “Solo recibimos ayuda de la municipalidad de San Martín y del gobierno de la Provincia de Buenos Aires, pero no alcanza. Siempre tenemos que estar organizando rifas, bingos o alguna colecta para poder comprar lo que nos falta”. Además de comida, el comedor ofrecía apoyo escolar, asesoramiento en documentación, trámites de ANSES, consulta por medicamentos. “En esta última etapa tuvimos que suspender actividades y talleres por falta de recursos”. Hoy, dice, “solo sostenemos la olla”.
El espacio sigue siendo un lugar de referencia. “Tenemos una red que fuimos tejiendo, y con eso tratamos de dar respuesta. En el barrio funciona una mesa barrial con organizaciones, cura y referentes donde charlamos sobre la situación del barrio”.
Pero incluso dentro de la organización, la situación se deterioró: “Lamentablemente no sumamos manos, sino que se nos fueron yendo. Muchas compañeras tienen hasta tres laburos para llegar a fin de mes”.
Después del ajuste, lo que queda
En los tres relatos aparece el mismo diagnóstico. La demanda creció, los recursos disminuyeron, el Estado se retiró. Lo más impactante es lo que hacen con lo que queda: organizan rifas, sostienen jardines, entregan viandas, tejen redes con el sistema de salud, sostienen vínculos con otras organizaciones. Y lo hacen, cada vez más, con menos compañeras. La militancia y el compromiso con los espacios de organización requiere fundamentalmente de tiempo, ese que falta cuando el salario no alcanza y obliga a multiplicar el trabajo.
Daniela, Jimena y Zulma son tres mujeres que organizan comedores comunitarios: lo que antes era difícil, hoy es casi imposible. Pero siguen. Sostener la olla es también sostener a la comunidad. Y mientras el Estado se retira, ellas permanecen en la primera línea de lo urgente
Los comedores no son solo espacios para comer. Son espacios donde se construyen vínculos, donde se tramitan papeles, donde se aprende, donde se escucha, donde se encuentra una red. Las mujeres que los coordinan gestionan y no le sacan el cuerpo a quienes el Estado abandona. Sigue siendo la organización barrial la respuesta, y la convicción de que los espacios comunitarios son elementales.
En tiempos donde se acusa a las organizaciones sociales de ser un obstáculo, estas experiencias muestran lo contrario: sin militancia territorial, sin trabajo comunitario, sin redes construidas, el colapso sería absoluto. Lo que queda en pie es lo que sigue resistiendo.
La olla se sostiene. Aunque cada vez cueste más.