Apoyar
Argentina

La maldición de la provincia de Buenos Aires

El bastión del peronismo ha perdido peso y protagonismo en la política local pese a los gobiernos de ese signo que tuvo el país. Dice la tradición política argentina que nunca un gobernador de la provincia de Buenos Aires puede llegar a presidente 
13 de marzo de 2023, Mendoza, Argentina: El General José de San Martín en el Monumento al Ejército de los Andes en el Parque General San Martín. Crédito: Jon G. Fuller / Vwpics / Zuma Press / ContactoPhoto
13 de marzo de 2023, Mendoza, Argentina: El General José de San Martín en el Monumento al Ejército de los Andes en el Parque General San Martín. Crédito: Jon G. Fuller / Vwpics / Zuma Press / ContactoPhoto

Civilización o barbarie 2.0 

La provincia de Buenos Aires es casi tan grande como toda España, concentra alrededor de un 38% de la población de Argentina, produce casi el 50% del PBI nacional y recibe menos del 40% de la coparticipación federal (el sistema de reparto de impuestos que hace el Estado), lo que la vuelve económicamente “inviable”.   

El conurbano bonaerense -el cordón de población que rodea a la ciudad de Buenos Aires-, que en su momento de mayor esplendor fue el sector industrial más grande del país, contiene ahora una de las bolsas más grandes de marginación y pobreza. La falta crónica de presupuesto, sumada al desempleo estructural, convierte a este territorio en un escenario de violencia e inseguridad permanentes. 

Colonización porteña 

Argentina es una república federal (aceptando pulpo como animal de compañía) y, en las escasas votaciones democráticas del siglo XX, era tradición que las fórmulas presidenciales estuvieran compuestas por alguien del “interior” (¿interior de qué?) y alguien de “la provincia” o de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA).  

La provincia de Buenos Aires es casi tan grande como toda España, concentra alrededor de un 38% de la población de Argentina, produce casi el 50% del PBI nacional y recibe menos del 40% de la coparticipación federal

Pero, en este siglo, no siempre ha funcionado así. El cordobés Fernando De la Rúa hizo toda su carrera política en la Ciudad. La platense Cristina Fernández se instaló en CABA desde que llegó al Senado. En su segundo gobierno, llevó como vicepresidente al porteño Amado Boudou. Macri es porteño y su vicepresidenta también lo era. Alberto Fernández, porteño. Javier Milei y su vicepresidenta pro genocidas Victoria Villarruel son un caso de porteñismo extremo: fueron electos sin haber siquiera pisado varias de las provincias del país. 

Si Diario Red puede publicar lo que casi nadie más se atreve, con una línea editorial de izquierdas y todo el rigor periodístico, es gracias al apoyo de nuestros socios y socias.

No solo eso: la provincia de Buenos Aires también ha perdido su gobernador a manos de la Capital Federal.  

Los peronistas Felipe Solá y Daniel Scioli, así como la macrista María Eugenia Vidal y el actual gobernador Axel Kicillof, son todos de origen porteño. Vidal pasó de desempeñar cargos en el gobierno de CABA a gobernadora de la provincia y luego nuevamente a candidata por la ciudad. Kicillof al menos llegó a la gobernación recorriendo la provincia de Buenos Aires pueblo por pueblo en un Renault Clío, lo que lo convertiría en un producto un poco más autóctono.  

Que los políticos pasen de la ciudad a la provincia ida y vuelta sin ningún pudor hace que los equipos de gobierno bonaerenses tengan mayormente elementos porteños. La provincia más grande del país es gobernada desde CABA, que gana poder y representación a su costa. 

Representación legislativa 

Esta sumisión política de la provincia más grande de Argentina viene dada por la subrepresentación de su población en el poder legislativo nacional.  

La ley 22.847 de la última dictadura militar, que sigue vigente, regula el cálculo para elegir diputados por cada jurisdicción y establece que debe revisarse después de cada censo. Nunca se ha hecho. Para ser electo diputado por la provincia de Buenos Aires, se necesitan 255.368 votos: más del doble de los 123.122 que debe obtener un candidato por la ciudad de Buenos Aires. A su vez, la legislatura bonaerense reproduce la lógica nacional y somete al conurbano (la zona más densamente poblada) a la misma subrepresentación en su congreso provincial. 

Córdoba y Santa Fe, provincias más pobladas que CABA, tienen menos diputados nacionales (18 y 19 contra 25). Mendoza, con un tercio menos de la población de la ciudad, tiene apenas 10 diputados.  

Esta sumisión política de la provincia más grande de Argentina viene dada por la subrepresentación de su población en el poder legislativo nacional.  

Nadie quiere modificar la situación por una combinación de conveniencia, una especie de federalismo mal entendido e intereses particulares que nos terminan convirtiendo en un país unitario de facto. Un país con una gran cabeza que se mira a sí misma e ignora al resto. 

De unitarios y federales a porteños y bonaerenses 

La solución a este problema parecería ser la representación proporcional de la población de cada provincia en el Congreso Nacional. Sin embargo, por las características de Argentina, no sería lo más adecuado. 

Según la reforma constitucional de 1994, cada provincia tiene un mínimo de 5 diputados nacionales, sea cual sea su población. Esto genera el fenómeno contrario: las provincias de poca población están sobrerrepresentadas. Pero, lejos de ser un problema, esto es un acierto de nuestro sistema político. De otra manera, esas provincias serían aún más ignoradas. Argentina es ese país donde Milei puede decir que las calles de Ushuaia están calefaccionadas y la clase media de CABA le cree. Esas poblaciones necesitan representación en el Congreso. 

El mayor problema es CABA, que crece y crece en influencia política y en representación desde 1994. La antigua Capital Federal, que fue construida y mantenida gracias al aporte del resto de las provincias, se convirtió en Ciudad Autónoma luego del “Pacto de Olivos” entre Carlos Menem y Raúl Alfonsín.  

La ciudad más rica de Argentina, bastión de la derecha vernácula, mira extrañada a un país que no conoce y desprecia, convencida de que lo que sucede aquí es lo único que sucede. El sueño húmedo de los salvajes unitarios del siglo XIX, que imaginaban una Argentina blanca que descendía de los barcos provenientes de Europa.  

Nuestros caudillos federales se revuelven en sus tumbas.