¿Cómo podría fracasar la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán?
Cada semana que la guerra de Estados Unidos e Israel se prolonga sin un desenlace decisivo se convierte en una lección sobre los límites del poder estadounidense. Una campaña que en un principio tenía como objetivo fortalecer la supremacía de ambos Estados agresores y gratuitamente asesinos podría, por el contrario, anunciar su declive
Nota del editor: Este artículo se publicó por primera vez en Jadaliyya.com
Lo que fue presentado como un ataque rápido y definitivo contra Irán se está convirtiendo a toda velocidad en algo mucho más impredecible y potencialmente más peligroso. La guerra omnicomprensiva librada por Estados Unidos e Israel contra Irán se vendió, implícita o explícitamente, como un golpe decisivo: una campaña que derrocaría al régimen, desencadenaría protestas masivas, fracturaría el Estado iraní y reafirmaría el dominio de Estados Unidos e Israel en toda la región. Más allá del asesinato del líder supremo del país y de un número desconocido de militares y responsables políticos iraníes, los bombardeos de Estados Unidos e Israel han matado a más de 1300 civiles iraníes, han herido a más de 10.000 y han dañado más de 13.500 edificios civiles. Entre estos últimos se incluyen hasta el 12 de marzo más de 11.000 viviendas, 2300 edificios comerciales, 65 centros educativos, 77 centros médicos y diversas plazas públicas, instalaciones deportivas, depósitos de combustible y otras infraestructuras civiles fundamentales. Sin embargo, tras tres semanas de guerra, parece estar configurándose una dinámica opuesta al supuesto golpe decisivo. Por último, la retórica caótica y grandilocuente de los agresores ha establecido un listón relativamente bajo para definir el fracaso.
El régimen iraní no se ha derrumbado y las tensiones regionales se están agravando. Irán ha dañado 17 instalaciones militares y diplomáticas estadounidenses en todo Oriente Próximo, incluidas bases militares, instalaciones de defensa aérea, consulados y embajadas. Aunque la censura militar israelí ha restringido la publicación de información sobre los ataques iraníes, sabemos que al menos 6500 edificios, 1400 equipamientos públicos y 1400 vehículos han resultado dañados. El paisaje de la resistencia ante la agresión estadounidense-israelí se ha extendido al Líbano y a Iraq. Los mercados energéticos se tambalean, mientras varias empresas petroleras y gasísticas con sede en el Golfo han declarado causas de fuerza mayor para suspender sus obligaciones contractuales. Los aliados de Estados Unidos en el Golfo están cada vez más inquietos. Y cuanto más se prolonga la guerra, mayor es el riesgo de que pase de ser una demostración de poder a un presagio concreto de la multipolaridad.
Estos riesgos para las pretensiones estadounidense-israelíes se concretan en la estabilidad interna de Irán, en el aumento del número de víctimas estadounidenses e israelíes, en la subida de los precios del petróleo, en la creciente ansiedad de los Estados del Golfo, en la creciente carga financiera para Washington, en la sostenibilidad de los escudos defensivos de Israel y en los cálculos silenciosos, casi voyeuristas, que se están efectuando Moscú y Pekín. En conjunto, estas dinámicas sugieren que cuanto más se prolongue este conflicto, mayor será el riesgo de que produzca consecuencias, que vayan mucho más allá de lo que sus arquitectos parecen haber previsto. Ninguno de estos riesgos supone automáticamente la sentencia de muerte de esta agresión, ya que abundan las incógnitas y las consecuencias no deseadas. Aun así, estas presiones están ganando terreno y se están desarrollando simultáneamente en cuatro ámbitos interrelacionados: dentro de Irán, en el campo de batalla regional, en los sistemas energéticos y financieros mundiales, y de forma latente en el ámbito de la competencia entre las grandes potencias.
Los arquitectos estadounidenses e israelíes de esta guerra asumieron que una presión militar sostenida fracturaría al régimen iraní o desencadenaría una movilización generalizada contra el mismo. En cambio, se ha impuesto la dinámica opuesta. Lejos de derrumbarse, el régimen iraní ha perseverado hasta ahora y ha fortalecido su cohesión, sobre todo con la elección de un sucesor en el vértice del Estado tras el asesinato de su líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei: su hijo Mojtaba. Al no haber dado resultados decisivos el impacto de la agresión inicial, se han intensificado el ritmo y la magnitud de los ataques estadounidenses e israelíes, especialmente contra la infraestructura civil. En realidad, estos han consolidado todavía más al régimen, al tiempo que han provocado una respuesta iraní de mayor envergadura. Es discutible que tales ataques de creciente envergadura contra la infraestructura civil iraní vayan a unificar o a movilizar a una población fracturada contra el régimen en un sentido inmediato.
Irán ha respondido con mayores represalias mediante ataques de misiles y drones cada vez más ambiciosos contra el territorio israelí y contra las bases y el personal estadounidenses presente en todo el Golfo. Estos intercambios han fortalecido la solidaridad interna en Irán, al tiempo que han contribuido a un creciente malestar sobre la guerra en Estados Unidos, erosionan ulteriormente la ya débil legitimidad que reclaman Washington y Tel Aviv. La respuesta iraní también ha intensificado la opinión entre unas poblaciones árabes, en general aquiescentes, de que sus gobiernos son socios arraigados de Israel y apoyan sus estrategias, una idea que parece contraria a los hechos dadas las actuales formas de represión local. La hipótesis de que los bombardeos por sí solos debilitarían al régimen parece, al menos por ahora, errónea y sin duda mal calculada.
Las consecuencias no se limitan a la cohesión interna de Irán, sino que se propagan por la totalidad del Golfo y por el sistema energético mundial. Las perturbaciones y obstrucciones en torno al estrecho de Ormuz ya han disparado los precios del petróleo a escala mundial y local, con previsiones fiables de subidas mucho más pronunciadas, si la guerra se intensifica. Incluso la percepción de una inestabilidad sostenida en este corredor, por el que transita una parte significativa del suministro energético mundial, introduce presiones inflacionistas en economías situadas mucho más allá de la región. Y este cuadro se verifica antes de que se haya verificado escalada alguna por parte de los hutíes, que han amenazado con entrar en la guerra, si Arabia Saudí lo hace, considerando en consecuencia el bloqueo o la obstrucción del estrecho de Bab el-Mandeb, lo cual dificultaría enormemente el tráfico marítimo en el Mar Rojo, como ya han hecho durante el genocidio en curso en Gaza, y potencialmente el lanzamiento de ataques contra territorio saudí. Tales acontecimientos amplificarían la tensión económica mundial, agravando las presiones inflacionistas existentes.
Al mismo tiempo, los Estados del Golfo se encuentran en una posición cada vez más precaria. Aunque condenan públicamente a Irán, sus líderes comprenden que albergar bases estadounidenses y no impedir los ataques lanzados desde su territorio contra el país vecino los convierte tanto en socios como en objetivos potenciales. Los ataques de represalia iraníes contra instalaciones civiles vinculadas a las operaciones estadounidenses contra Irán ponen de relieve que los ataques lanzados desde un territorio contra instalaciones civiles iraníes corren el riesgo de provocar respuestas equivalentes. Esto ha generado un malestar visible en las sociedades del Golfo, donde las diversas poblaciones constatan cómo la alineación de sus gobiernos en materia de seguridad con Washington e Israel choca con las consecuencias materiales sufridas como consecuencia de la escalada regional. Así, la reciente disculpa del presidente de Irán por los ataques lanzados contra sus vecinos no fue una renuncia a efectuar nuevos ataques, sino un reconocimiento de que la población civil ha sufrido y seguirá sufriendo daños innecesarios o incluso perecerán en Baréin, Catar, Kuwait, los Emiratos Árabes Unidos y más allá, si siguen apoyando y facilitando la actual agresión estadounidense-israelí. En su intento por contener a Irán, Washington podría estar transformando su propia red de alianzas y bases regionales en una fuente de desventaja estratégica.
Más allá de la inestabilidad regional, el coste del ataque es otro punto de presión que arde lentamente. Por ahora, la carga financiera diaria de la guerra para Estados Unidos sigue siendo políticamente manejable. Pero esta guerra imperial libremente elegida, cuyas consecuencias son descomunales para la vida y los recursos en Irán, no se volverá insostenible de golpe, pero sin ninguna duda acabará cruzando un umbral crítico. Las campañas aéreas sostenidas, las operaciones navales, los despliegues de fuerzas, la reposición de municiones y los paquetes de ayuda de emergencia se acumulan silenciosamente antes de hacerse notar de modo estruendoso. Cuanto más se prolongue el conflicto sin logros estratégicos decisivos, siempre difíciles de medir en ausencia de objetivos claros, más difícil le resultará a Estados Unidos justificar una perspectiva bélica acreedora de gastos ilimitados, especialmente en un clima estadounidense ya tensionado por las presiones inflacionistas y los déficits fiscales.
Cada semana que la guerra continúa sin una resolución decisiva ofrece una lección sobre la durabilidad y los límites de la proyección del poder estadounidense, así como sobre su estatus como gran (la mayor) potencia
Israel se enfrenta a un dilema paralelo. Sus sistemas de defensa antimisiles, incluida la Cúpula de Hierro y las plataformas de interceptación más avanzadas, son extraordinariamente caros de operar a gran escala. Estos interceptores cuestan mucho más que muchos de los proyectiles iraníes, que están diseñados para destruir. Además, la entrada de Hezbolá en la guerra o mejor dicho la respuesta tras meses de agresión israelí durante el llamado alto el fuego firmado con Israel ha agravado el efecto de esta posible escasez. Con sus misiles y drones llegando a ciudades como Tel Aviv y Haifa a diario, Israel tiene ahora que luchar en dos frentes, tanto en el aire como sobre el terreno en el sur del Líbano, contra una fuerza disciplinada que se creía gravemente debilitada y que al parecer no lo estaba. En enfrentamientos breves, esta asimetría es manejable. En intercambios prolongados, se vuelve trascendental y decididamente insostenible, sobre todo teniendo en cuenta el despliegue escalonado por parte de Irán de sus misiles más avanzados. Las tasas de agotamiento, los plazos de reabastecimiento y la sostenibilidad financiera comienzan a ser importantes. El éxito defensivo no elimina la tensión estratégica; puede enmascararla, hasta que ya no es posible hacerlo.
En su conjunto, los crecientes costes financieros, el aumento de los gastos militares y el consumo constante de las reservas defensivas pueden garantizar que esta campaña de agresión entre en una fase de rendimientos decrecientes a una escala potencialmente masiva que va mucho más allá de Oriente Próximo. Y es precisamente en ese momento en el que convergen la escalada regional y los costes crecientes, cuando se vislumbran las implicaciones geopolíticas más amplias de la guerra. En este sentido, Rusia y China no son observadores pasivos. Contemplado desde Moscú y Pekín, este conflicto no es únicamente un enfrentamiento regional. En realidad, es un indicador o una prueba de la resistencia de Estados Unidos, de la cohesión de la alianza, de la elasticidad fiscal y de la destreza militar sobre el terreno. Cada semana que la guerra continúa sin una resolución decisiva ofrece una lección sobre la durabilidad y los límites de la proyección del poder estadounidense, así como sobre su estatus como gran (la mayor) potencia.
Hay otras implicaciones a más largo plazo. Para Rusia la prolongada implicación de Estados Unidos en otro costoso teatro de operaciones podría recalibrar sus cálculos en Europa, especialmente en lo que respecta al equilibrio de la presión en el flanco oriental de la OTAN. Para China el conflicto pone de relieve las vulnerabilidades en los puntos estratégicos de la energía mundial, los compromisos navales de Estados Unidos y la tensión política que acompaña a las campañas prolongadas. Ninguno de los dos Estados necesita intervenir directamente para beneficiarse de la sobrecarga estructural sufrida por Estados Unidos.
Lo que está en juego, por lo tanto, va más allá de Teherán, Tel Aviv y Washington. Si la guerra acelera la tensión fiscal, pone de manifiesto la fragilidad de las arquitecturas de seguridad ancladas en Estados Unidos en el Golfo y erosiona la percepción de una escalada controlada, ello podría acelerar los cambios ya en marcha en el sistema internacional y conducir a un tipo de «multipolaridad» diferente al que se suponía anteriormente.
Sin embargo, más allá de la estrategia y la recalibración de las grandes potencias se encuentra la realidad más inmediata de la devastación humana. Miles de civiles iraníes ya han pagado el precio de una guerra enmarcada en el lenguaje de la disuasión y la necesidad, cifra que se suma a los miles que perecieron a principios de año durante las protestas contra el régimen. En toda la región, desde el sur del Líbano hasta el Golfo, la gente común soporta las consecuencias de decisiones tomadas en capitales lejanas. En Gaza, donde la muerte y la destrucción masivas ya han redefinido el panorama moral de esta era, la expansión de la guerra no hace sino profundizar la sensación de que la fuerza ha sustituido a la moderación como principio rector. Esto es tan importante desde el punto de vista estratégico como moral, ya que los Estados que normalizan el daño a la población civil a gran escala pueden obtener beneficios a corto plazo, pero erosionan la legitimidad de la que depende el poder duradero.
Ninguna de las presiones descritas anteriormente garantiza un resultado concreto. Irán podría debilitarse. Las reservas clave y las lanzadoras podrían sufrir graves daños. La escalada podría entrar en una espiral impredecible, mientras que la desescalada sigue siendo posible, potencialmente basada en un umbral de dolor diferente para Israel y Estados Unidos. Pero la hipótesis de que esta guerra sería breve, controlada y estratégicamente clarificadora ya parece errónea y precaria. Por ahora, lo que resulta seguro es el creciente número de víctimas civiles causadas en toda la región y la creciente posibilidad de que una campaña destinada a fortalecer la supremacía de Estados Unidos e Israel marque, en cambio, otro punto de inflexión en su declive.
Recomendamos leer Ervand Abrahamian, «Iran Under Fire», NLR 157, Susan Watkins, «Israel después de Fordow», NLR 155, y «Fuerzas de trabajo en Oriente Próximo», NLR 45. Arron Reza Merat, «Los equilibrios estratégicos de la guerra contra Irán», Sidecar/New Lef Review, «El laberinto de la escalada bélica en Irán y Oriente Próximo: Entrevista a Trita Parsi», Mitchell Plitnick, «¿En qué medida coinciden los objetivos de Estados Unidos e Israel respecto a Irán?, Kate McMahon, «El objetivo de Israel en Irán no es conseguir un cambio de régimen, sino provocar el colapso total del Estado iraní», Alí Abunimah, «¿Han juzgado erróneamente a Irán Estados Unidos e Israel?», Layla Yammine, «Millones de personas en riesgo de desplazamiento mientras Israel bombardea el Líbano», Farsi Giacaman, «Israel está aplicando la “doctrina de Gaza” en el Líbano e Irán», Suleiman Mourad, «Hezbolá embridado», Tariq Ali, «Las consecuencias del asesinato de Nasralllah», todos ellos publicados en Diario Red.
Este artículo se ha publicado originalmente en Mondoweiss y se publica aquí con consentimiento expreso de su editor.