Culminación del poder, la destrucción y la guerra en Oriente Próximo
Israel, Estados Unidos y la Unión Europea pretenden subordinar Oriente Próximo al diseño imperial y colonial occidental mediante la destrucción o la cooptación servil: la sumisión de Irán es el correlato geopolítico exacto del genocidio de Gaza
El ataque israelí contra Irán, lanzado mientras continúa el genocidio contra el pueblo palestino, sigue un guion tristemente familiar. Al igual que en sus anteriores campañas perpetradas en el Líbano y Gaza, Israel está aplicando la consabida estrategia de «decapitación», concebida para proceder a la eliminación de figuras clave del establishment político y de seguridad del país, al tiempo que aterroriza a su población civil. Aunque se enmarca en el engañoso lenguaje de la «prevención» o la «no proliferación», la escalada israelí apunta a un proyecto mucho más amplio y ambicioso: no solo detener el programa nuclear de Irán, sino desmantelar a Irán como actor regional soberano capaz de resistir el dominio estadounidense-israelí. Esta agenda de cambio de régimen no debería sorprender a nadie, que conozca la historia reciente de la región. Ha dejado un rastro de destrucción en Iraq, Libia, Siria, Palestina y Líbano.
En una sola noche, Israel logró asesinar a Hossein Salami, comandante en jefe de los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI); a Mohammad Bagheri, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas iraníes; a Amir Ali Hajizadeh, comandante de las Fuerzas Aeroespaciales de los CGRI; a Fereydoun Abbasi, exjefe de la Organización de Energía Atómica de Irán, y a Mohammad Mehdi Tehranchi, presidente de la Universidad Islámica Azad. Ali Shamkhani, exsecretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán y asesor principal del líder supremo, que había desempeñado un papel central en las recientes negociaciones con Estados Unidos, fue dado inicialmente por muerto, pero ahora se cree que ha sobrevivido por poco al atentado contra su vida. Además de atacar instalaciones nucleares y militares, Israel lanzó una lluvia de bombas sobre edificios residenciales en zonas densamente pobladas, matando a 224 personas e hiriendo en torno a 1200 en los tres primeros días de hostilidades. El hecho de que una operación de tan alto nivel pudiera llevarse a cabo sin ser detectada por Irán pone de manifiesto un grave fallo de los servicios de inteligencia iraníes y probablemente indica una profunda infiltración del Mossad, junto con la inteligencia estadounidense.
Los ataques se produjeron tras la reanudación de las negociaciones nucleares entre Teherán y Washington, que comenzaron a mediados de abril. Ha pasado casi exactamente una década desde que el gobierno de Rouhani firmase el Plan de Acción Integral Conjunto (PAIC) a tenor del cual se acordaba limitar el enriquecimiento de uranio a cambio del levantamiento de las sanciones: un acuerdo que se mantuvo hasta 2018, cuando Trump se retiró unilateralmente del mismo y pasó a la estrategia de «máxima presión», imponiendo sanciones destinadas a empobrecer a la población iraní y avivar los disturbios internos. A lo largo de este periodo, Irán siguió buscando vías diplomáticas para preservar su derecho al enriquecimiento de uranio con fines civiles bajo el régimen de supervisión internacional. Se enfrentó a una presión considerable, tanto de las élites como de la población en general, para restablecer algún tipo de acuerdo negociado. Así pues, cuando Trump regresó a la Casa Blanca este año y dio señales de que podría alcanzarse un nuevo acuerdo, el gobierno de Pezeshkian aceptó entablar nuevas conversaciones. Ahora está absolutamente claro, sin embargo, que esta diplomacia nunca fue seria. Para Estados Unidos, el objetivo no era llegar a un acuerdo, sino forzar la rendición.
Detrás del discurso de Trump sobre la «negociación de acuerdos» se escondía una exigencia maximalista: no solo que Irán abandonara su programa nuclear civil, sino también que desmantelara su arsenal de misiles y deshiciera sus alianzas regionales
Detrás del discurso de Trump sobre la «negociación de acuerdos» se escondía una exigencia maximalista: no solo que Irán abandonara su programa nuclear civil, sino también que desmantelara su arsenal de misiles y deshiciera sus alianzas regionales. Esto es lo que Netanyahu ha denominado en repetidas ocasiones la «opción Libia». No se trata de una distensión o una normalización, sino de una capitulación total, algo que Teherán nunca iba a aceptar. A la luz de todo ello, la teatralidad de la supuesta «ruptura» de Trump con Netanyahu parece ahora más una maniobra estratégica que una verdadera divergencia política: un medio para desorientar a los iraníes mientras se preparaba la guerra. Los ataques aéreos, los asesinatos y los actos de sabotaje de Israel, destinados no solo a degradar las capacidades defensivas de su enemigo, sino también a sembrar el miedo y la confusión entre su población, tomaron por sorpresa a Irán. Sus dirigentes han tardado en responder, pero se han ido adaptando gradualmente a la nueva realidad.
La estrategia a largo plazo desarrollada en Washington y Tel Aviv ha consistido en utilizar la guerra híbrida como medio de revertir el desarrollo: vaciar el Estado y la sociedad iraníes, aislarlos diplomáticamente y hacerlos vulnerables a la incursión militar, para que la República Islámica pueda ser finalmente derrocada. Israel también ha utilizado diversos métodos de poder blando, como el apoyo prestado al hijo exiliado del antiguo sha, una figura con poco peso político en Irán, pero que resulta útil para la propaganda extranjera, ya que aparece con frecuencia en los medios de comunicación occidentales para anunciar que los iraníes están a punto de levantarse para derrocar «el régimen» y sustituirlo por otro alineado con Occidente.
Esta fantasía lleva el marchamo inconfundible del neoconservadurismo de principios de la década de 2000. Se trata de una versión recalentada de los mismos delirios, que sustentaron la invasión estadounidense de Iraq: que un Estado destrozado y fragmentado podría, con la aquiescencia o incluso el apoyo de su población, reconstituirse como un dócil puesto avanzado para el capital occidental, abierto a la privatización, dispuesto a permitir el saqueo de los activos del país y manejable para organizar la proyección de poder geoestratégico. También vuelve a estar de moda la táctica de utilizar la desinformación para manufacturar el consentimiento para la guerra, como sucede con las afirmaciones efectuadas por Netanyahu de que Irán ya posee el arma nuclear y tiene la intención de suministrársela a Ansarallah en Yemen. Estamos entrando en un territorio tan fantástico que el «dosier sospechoso» iraquí y las «armas de destrucción masiva capaces de ser utilizadas por Sadam Hussein en 45 minutos» parecen casi pintorescos en comparación.
Sin embargo, Netanyahu y Trump parecen haber subestimado la resiliencia del nacionalismo iraní en sus diversas formas. Sus ataques ya han tenido un importante efecto de unión en torno a la bandera. Incluso entre aquellos que se hallan profundamente desilusionados con la República Islámica, incluidos antiguos presos políticos, han resonado los llamamientos a la unidad nacional y a la defensa del país. Cada vez se reconoce de modo más palmario que no se trata simplemente de una guerra contra la República Islámica, sino contra el propio Irán, que pretende convertir el país en un mosaico de enclaves étnicos, internamente divididos y demasiado débiles para disfrutar de un desarrollo soberano y mucho menos para plantear desafío regional alguno. Saddam Hussein albergó en su día ambiciones similares, pero no llegaron a nada. Israel, al parecer, espera triunfar donde otros han fracasado.
Irán no tiene paraguas nuclear, ni alianzas permanentes, ni OTAN; Israel cuenta con el respaldo incondicional de Estados Unidos, con defensas aéreas avanzadas
A medida que aumenta el número de víctimas civiles, circulan ampliamente imágenes de los fallecidos: un niño con su uniforme de taekwondo, una niña bailarina con un vestido rojo, una patinadora artística de 16 años, un diseñador gráfico afiliado a una importante revista, una joven poeta. El dolor y la indignación se han extendido por todo el país a medida que Israel ha ampliado su campaña contra la infraestructura civil iraní, incluyendo depósitos de combustible y aeropuertos, ataques a los que se añade el bombardeo en directo de la cadena nacional de televisión. El gobierno ha respondido a la agresión lanzando ataques contra Tel Aviv y Haifa, lo que demuestra su capacidad para infligir unos costes antes impensables para Israel, pero la asimetría sigue siendo profunda. Irán no tiene paraguas nuclear, ni alianzas permanentes, ni OTAN; Israel cuenta con el respaldo incondicional de Estados Unidos, con defensas aéreas avanzadas, con el intercambio de inteligencia en tiempo real y con una impunidad diplomática cuasi total. Irán lucha por la disuasión; Israel, por el dominio ilimitado.
Las implicaciones son obvias. Durante décadas, los expertos han advertido de que tratar la diplomacia como una trampa y las negociaciones como una tapadera para la coerción obligaría a Irán a optar por la disuasión nuclear. Ahora nos estamos acercando a ese umbral. En el momento de redactar este artículo, todavía no hay indicios de que Irán haya decidido fabricar un arma nuclear y el país sigue cooperando, aunque bajo una presión cada vez mayor, con lo que muchos consideran una Agencia Internacional de Energía Atómica políticamente comprometida. No obstante, cada vez son más las voces iraníes, tanto de la élite política como de la opinión pública en general, que sostienen que si Irán hubiera dado este paso hace mucho tiempo, no se habría encontrado en una situación tan precaria. Corea del Norte, señalan estas voces, entendió mejor la lógica del poder estadounidense y actuó en consecuencia. La opinión predominante en estos círculos es que, si Irán sigue teniendo la capacidad técnica, ahora es el momento de utilizarla para conseguir el arma atómica.
Mientras tanto, una cuestión fundamental es si Irán puede mantener su actual campaña de represalias. A menos que imponga un coste lo suficientemente alto a Israel, corre el riesgo de envalentonar a su enemigo y aumentar la intensidad de los nuevos ataques. Es probable que los planificadores iraníes estén evaluando, si pueden poner su base industrial existente en pie de guerra, siguiendo el ejemplo de Rusia. Se trata de una tarea difícil para un Estado debilitado desde hace tiempo por la corrupción y la mala gestión endémica, pero la necesidad puede ser la madre de la invención. Décadas de sanciones han obligado a Irán a cultivar un incipiente complejo militar-industrial nacional, que, si bien lejos de ser perfecto, es capaz de ejercer una disuasión asimétrica pagando un gran coste humano.
También existe una gran incertidumbre sobre si la estrategia de decapitación de Israel conducirá a la fragmentación y la parálisis del bando iraní, o si dará paso a una generación más joven de guardias revolucionarios menos cautelosos y más dispuestos a intensificar el conflicto. Aunque es poco probable que se produzca un cambio de régimen a gran escala, una guerra de esta magnitud remodelará casi con toda seguridad la República Islámica. Podría profundizar la militarización del Estado y de la sociedad y afianzar aún más a los Cuerpos de la Guardia Revolucionaria Islámica en el núcleo de la vida política y económica iraní. Como celebérrimamente observó Charles Tilly, «la guerra creó el Estado y el Estado creó la guerra». La idea de que una fuerza democrática sólida o un movimiento social progresista puedan florecer en tales condiciones parece fantasiosa. En todo caso, este giro de los acontecimientos probablemente retrasará décadas la lucha por los derechos civiles y por el establecimiento de un sistema más democrático en Irán.
Irán también tiene una opción de último recurso para defenderse: el cierre del estrecho de Ormuz
Irán también tiene una opción de último recurso para defenderse: el cierre del estrecho de Ormuz, un punto estratégico por el que pasan cada día aproximadamente 21 millones de barriles de petróleo, cifra que representa en torno al 20 por 100 mundial tanto del consumo de petróleo líquido como del gas natural licuado. Los mercados ya están nerviosos ante la posibilidad de que se produzca tal medida. Aunque supondría una escalada extrema, Irán podría considerarla necesaria, si Estados Unidos decide intervenir militarmente en favor de Israel. En ese momento, entraríamos en un terreno peligroso carente de precedentes.
El Estado-cuartel israelí ha dejado claro que no se conforma con una superioridad militar abrumadora en la región, sino que también pretende conseguir la incapacidad permanente de sus vecinos. Israel y su patrón en jefe no tolerarán un Irán soberano e independiente capaz de limitar, aunque sea modestamente, su libertad de acción. No se trata de un fracaso diplomático. Es la clausura calculada de la diplomacia. No es una desviación de la política habitual, sino la culminación lógica de un consenso que ha perdurado durante décadas en Washington y Tel Aviv, que postula que ninguna potencia independiente en Oriente Próximo debe hallarse en condiciones de escapar a la arquitectura de la subordinación.
Recomendamos leer Eskandar Sadeghi-Boroujerdi, «Iran e Israel al borde del abismo», Diario Red; Control de daños en la República Islámica de Irán» y «Las reglas del juego», El Salto. Souleiman Mourad, «Hezbola embridado» y Tariq Ali, «Los caminos a Damasco», Diario Red. Susan Watkins, «El Tratato de No Protesta contra las Armas Nucleares», NLR 54.
Este artículo ha aparecido en Sidecar, el blog de la New Left Review, revista bimensual publicada en Madrid por el Instituto Republica & Democracia de Podemos y por Traficantes de Sueños, y se publica con permiso expreso de su editor.