No se vislumbra un final: reflexiones sobre la literatura reciente en torno a la destrucción de Gaza
El genocidio cometido en Palestina por los Estados genocidas occidentales con la ayuda del Estado terrorista-colonial israelí ya ha penetrado en la totalidad de las fibras institucionales, políticas, jurídico-constitucionales y legales de las sociedades democrático-genocidas occidentales y ha corrompido irremediables a sus clases dirigentes y a sus sistemas de partidos, los cuales siguen girando en el vacío de un pasado violento y destructivo nunca comprendido en términos de poder de clase por la epistemología política dominante, lo cual les hace estructuralmente ineptos para gestionar la actual crisis sistémica del capitalismo
Didier Fassin, Moral Abdication: How the World Failed to Stop the Destruction of Gaza, Londres, Verso, 2024, 128 pp.
Pankaj Mishra, The World After Gaza, Londres, Fern Press, 2025, 292 pp.
¿Terminará la destrucción de Gaza, el exterminio de su sociedad, antes de completarse ambos absolutamente? No, si el gobierno de Israel, la mayoría de sus ciudadanos y Estados Unidos se salen con la suya. Israel nunca hará las paces con el pueblo palestino, ni en Gaza, ni en Jerusalén, ni en Cisjordania. Mientras haya palestinos entre el río y el mar, estos se interpondrán en el camino de Israel y la misión no se habrá cumplido. De hecho, ahora, tras dos años de matanzas y exterminio, la paz, sean cuales sean sus términos, no sería más que una catástrofe nacional para Israel, una derrota devastadora. La paz tendría que poner fin al bloqueo de Gaza, que ya dura casi dos décadas, subvencionado por cuatro presidentes estadounidenses: Bush, Obama, Biden y Trump. Los habitantes de la Franja Gaza tendrían que ser liberados de su prisión al aire libre y debería permitirse la entrada de visitantes a la misma. Saldrían a la luz muchas más imágenes que las que han salido hasta ahora de un paisaje devastado, cuyas casas, escuelas, hospitales, iglesias y universidades ha sido irreparablemente dañados. Se contarían historias de niños sin padres, de padres sin hijos, de familias sin madres o padres, de seres demacrados, hambrientos, lisiados en cuerpo y alma. Se pondrían en marcha investigaciones y no solo por parte de la corrupta Autoridad Palestina pagada por Israel: se escucharía a los testigos, se registrarían los recuerdos, se reconstruirían los acontecimientos, se identificaría a los comandantes israelíes responsables de los peores crímenes y el genocidio dejaría de ser una abstracción jurídica. El Estado de Israel acabaría finalmente convertido en un Estado paria, como lo habría sido Alemania después de 1945, si no hubiera sido porque sus amigos estadounidenses necesitaban un aliado vasallo contra la Unión Soviética y funcional además para lanzar la Guerra de Corea. «Disfruta de la guerra, la paz será terrible», solían susurrarse los alemanes entre sí, cuando la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin.
No se vislumbra un final. La pesadilla continuará y se permitirá que continúe, mientras haya palestinos que se nieguen a ser gobernados por sujetos como Netanyahu. En el momento de escribir este artículo, Israel ha capturado más de la mitad de la Franja de Gaza, declarándola «zona de seguridad» tras haberla vaciado de sus habitantes, contando para ello con el acuerdo tácito del Consejo de Seguridad de la ONU, una primera entrega del sueño inmobiliario de la Organización Trump. Lo que quedaba de la Franja ha sido aparentemente dividido en dos mitades por el ejército israelí, para mantenerla fragmentada hasta la llegada de la Junta de Paz, dirigida por Trump, teniendo en este caso la paz como objetivo la limpieza étnica ejecutada por diferentes medios. Mientras tanto, la masacre en Cisjordania continúa con el apoyo de una gran mayoría de ciudadanos israelíes, dejando miles de palestinos asesinados en los dos años de guerra de Gaza por el ejército y los llamados colonos libres, desprovistos de cualquier restricción a la hora de ejercer su violencia, muchos de ellos ciudadanos estadounidenses, repletos de añoranza por haber nacido demasiado tarde para participar en las guerras indias.
En cualquier caso, si algo saliera mal, Israel es militarmente invencible, gracias al apoyo inquebrantable de Estados Unidos y Alemania, dado que cuenta con más de trescientos aviones de guerra listos para el combate (Hamas: ninguno), con aproximadamente cincuenta helicópteros de ataque (Hamas: ninguno), con el sistema de defensa aérea conocido como la Cúpula de Hierro (Hamas: nada parecido), con dos mil doscientos tanques de combate (Hamás: ninguno) y al menos ciento setenta excavadoras Caterpillar D9 (Hamás: ninguna), lo cual convierte lo que erróneamente se denomina guerra en una matanza de alta tecnología de un pueblo indefenso, que está siendo bombardeado hasta hacerlo retornar a la edad de piedra. A esto hay que añadir la trinidad completa de la guerra nuclear convencional: misiles terrestres, toda la panoplia de aviones de combate, bombarderos y de vigilancia y submarinos nucleares suministrados por Alemania, todo complementado con la bomba nuclear de la propaganda consistente en la acusación de antisemitismo, realmente eficaz, como muestran Mishra y Fassin en los libros reseñados en este artículo, en las democracias del hemisferio norte, donde los partidarios locales de Israel la utilizan libérrimamente.
Con el respaldo inquebrantable de Estados Unidos, el gobierno israelí puede sentirse libre de continuar con lo que la mayoría de sus ciudadanos consideran su tarea legítima: limpiar Gaza de gazatíes. Dos años después del inicio de la guerra, a finales de noviembre de 2025, según Statista, se había informado de la muerte de 69.185 gazatíes (de acuerdo con la información proporcionada por el gobierno de Hamás en Gaza, que no cuenta a los innumerables muertos sepultados bajo los escombros de las casas arrasadas por los bombarderos y las excavadoras israelíes) y 170.698 heridos[1]. Durante el mismo periodo, la información proporcionada por el gobierno israelí constata que, «tras el comienzo de las operaciones terrestres en la Franja de Gaza iniciadas el 27 de octubre de 2023, 471 soldados israelíes han caído en combate», lo que supone menos de veinte fallecidos al mes y una proporción de bajas de 1:147 respecto a las causadas a la población palestina, un precio muy bajo que hace que la continuación de la guerra sea políticamente sostenible en Israel, aunque el final de la misma esté lejos. De acuerdo con diversas estimaciones, Hamás, al que la prensa alemana se refiere estereotipadamente como «grupo terrorista», todavía contaba con un contingente de entre 16.000 y 18.000 combatientes en armas, cuando se reveló el plan de paz de Trump, frente a los 20.000 o 30.000, que se cree que tenía cuando comenzó la masacre[2].
Con o sin Trump, no hay razón alguna para que Israel acepte ningún acuerdo que no sea la conquista definitiva de Palestina «desde el río hasta el mar», tal y como prevé desde hace tiempo el programa electoral del partido de Netanyahu. A diferencia de la antigua Yugoslavia, Estados Unidos y sus vasallos de Europa occidental no ven en Gaza ningún «deber de proteger», una celebrada innovación estadounidense introducida en el derecho internacional en la década de 1990, más allá del deber de proteger a Israel de rendir cuentas por sus crímenes. Si la situación se hiciera insostenible para Israel, la elite israelí sabe que para seguir matando puede confiar en que el mundo se sienta aterrorizado por su «opción Sansón», esto es, la utilización de su arsenal nuclear para garantizar que, si el Estado israelí tiene que caer, todos los demás Estados existentes a su alrededor, en particular Irán y Líbano, y quizá también Egipto y Siria, la «zona gris» de Israel, tendrán que caer con él. En el improbable caso de que sus aliados lo abandonaran, por ejemplo, si continuar la guerra pusiera en peligro los intereses fundamentales de la clase que financia las campañas electorales estadounidenses, Israel podría sentirse como el gobierno alemán al final de la Segunda Guerra Mundial, cuando constató que su única opción era esperar contra toda esperanza un milagro: «Hemos asumido una culpa tan enorme que solo podemos continuar; no hay vuelta atrás» (Heinrich Himmler, supuestamente, a un diplomático noruego en abril de 1945). La diferencia, por supuesto, es que mientras Alemania en aquel momento no tenía bombas nucleares, Israel sí las tiene.
Así que la destrucción continuará, física, institucional, socia y moralmente, en un escenario ya casi irreparable en este momento. Si alguna vez esta destrucción llegara a su fin, nadie sabría cómo retirar los escombros dejados por los bombardeos, ni cómo reconstruir las casas, los hospitales, las escuelas y universidades, las mezquitas e iglesias, las calles y los puertos, las alcantarillas y las tuberías de agua. (Se podría llegar a los campos de golf y clubes de campo de Trump en helicóptero, mientras la Junta de Paz, en colaboración con la Gaza Humanitarian Foundation, podría llevar agua y comida a unos pocos afortunados). ¿Dónde vivirían los habitantes de Gaza mientras tanto? ¿Qué país, en nombre de la «comunidad internacional», organizaría primero el éxodo y luego el regreso, bajo la atenta mirada de las Fuerzas de Defensa de Israel y sus hermanos de armas estadounidenses? ¿Quién pagaría los orfanatos, los hogares para discapacitados, la atención médica para aquellos que han enloquecido en los búnkeres y mientras buscaban comida para sus familias? Los alemanes estarán ocupados durante años financiando su otra guerra, en Ucrania, mientras que sus aliados israelíes y, por supuesto, Estados Unidos seguramente no contribuirán con un solo centavo a todas estas tareas de reparación consecuencia del genocidio.
Después de Gaza, por consiguiente, seguirá existiendo Gaza, al menos en un futuro previsible. Tanto Fassin como Mishra esperan más matanzas masivas, más desalojos, más hambrunas, quizá con interrupciones ocasionales implementadas en clave de relaciones públicas, salpicadas con breves aperturas de las nuevas y más estrictas fronteras impuestas a Gaza para permitir la entrada de suministros lo suficientemente reducidos como para mantener a la población al borde de la inanición: todo este cruel juego, fingiendo misericordia, para luego volver a apretar las tuercas, acompañado de asesinatos en serie de agricultores y ganaderos por parte de los colonos homicidas compulsivos en Cisjordania y la construcción de viviendas financiadas por Estados Unidos para los colonos israelíes en Jerusalén Este (por no hablar de los relucientes hoteles Trump construidos en lugares pintorescos y fuertemente armados de Gaza una vez limpiada de sus groseros habitantes), todo ello intercalado con ocasionales «pausas humanitarias» en beneficio de los gobiernos de Europa occidental, artífices de los lanzamientos aéreos de alimentos desde aviones de la Bundeswehr, para que los consumidores de noticias alemanes puedan estar seguros de que los habitantes de Gaza no tendrán que morir con el estómago vacío. Fassin, aun considerando que la izquierda israelí «[se halla] aplastada y [es] inaudible» (pp. 89 y ss.), que los países occidentales, presos del hechizo de la propaganda antiantisemita de sus lobbies israelíes, continuarán «apoyando incondicionalmente al gobierno israelí», y que «el realmente popular líder Marwan Barghouti, considerado por muchos como un posible negociador y futuro presidente de la Autoridad Palestina [...] y condenado a cinco cadenas perpetuas [cumplidas en los campos de concentración israelíes] seguirá preso, mientras que ningún político israelí parece dispuesto a considerar la posibilidad de entablar conversaciones» (p. 90), Fassin, aun consciente de todo este sombrío panorama, termina su libro, a pesar de su admirable y sobrio realismo, con un poema de un poeta palestino escrito «poco antes de morir, el 7 de diciembre de 2023, en un bombardeo selectivo contra el piso donde se había refugiado con su hermana, que también murió, al igual que su hermano y cuatro de sus sobrinos y sobrinas» (p. 91)[3].
Por supuesto, no solo Gaza necesitaría repararse después de Gaza, sino también Israel debería ser reparado y en consecuencia tendría que aprender a dejar de ser un Estado asesino, aunque, a diferencia de Alemania en 1945, nadie sabe quién podría enseñarle a dejar de serlo y cómo habría que hacerlo. De hecho, tanto para Fassin como para Mishra, el genocidio de Israel, tanto en Gaza como en los Territorios Ocupados, es un desastre moral también para «Occidente» en su conjunto, que dio a luz a Israel, pero que no supo ni ha sabido educarlo adecuadamente. El pequeño libro de Fassin, brillantemente escrito y admirablemente conciso (128 páginas), documenta y dice todo lo necesario para que los lectores y lectoras vean más allá del velo del doble lenguaje de los gobiernos occidentales y de sus clases políticas. Fassin se concentra en ese discurso, esto es, en cómo este lenguaje tortuoso ha sido diseñado para producir consentimiento ante el crimen contra la humanidad por antonomasia de nuestra época, y en cómo el mencionado discurso ha sido construido para que la opinión pública y las ciudadanías occidentales no perciban ni sean conscientes de la matanza en curso en Gaza ni del grado ni de la forma en que este crimen monstruoso les afecta. El capítulo 1 recapitula el tratamiento que se otorga en los relatos occidentales al intento de Hamás efectuado el 7 de octubre de 2023 de poner fin a dieciséis años de cautiverio colectivo; el capítulo 2 trata del uso estratégico del concepto de terrorismo; el capítulo 3 aborda la cuestión del genocidio («Las palabras importan, especialmente cuando tienen resonancia histórica, significado político e implicaciones legales», p. 26), y el capítulo 4 analiza la forma en que se «instrumentaliza» el recuerdo del antisemitismo asesino alemán para hacer innombrable la matanza y la tortura indiscriminadas perpetradas por Israel. El capítulo 5 detalla el auge de la censura en lo que solían ser democracias liberales, el capítulo 6 describe el silencio de las voces públicas occidentales sobre los efectos de la múltiple deshumanización a la que ha sido sometido el pueblo de Gaza por un cautiverio, que se ha prolongado durante décadas, mientras que el capítulo 7 describe la ofuscación sistemática en el discurso occidental del propósito etno-colonialista de la ocupación israelí de Gaza, Jerusalén Este y Cisjordania, mientras que el capítulo 8 resume lo que Fassin entiende por «abdicación moral»: la corrupción sistemática de las palabras para que resulten inadecuadas para distinguir entre el bien y el mal. Aquí Fassin cita (p. 88) a Tucídides sobre la guerra del Peloponeso, quien señaló cómo, en el curso de una destrucción cada vez más absurda, «incluso el significado habitual de las palabras en relación con los actos se modificó en las justificaciones de las que estos eran objeto». En opinión de Fassin, eminente antropólogo social y sociólogo, son precisamente «estas falsificaciones» las que «justifican [el imperativo] de que los científicos sociales, con humildad, pero con determinación, hagan oír su verdad, por frágil que sea».
En cuanto a Mishra, su libro también está realmente bien documentado; véanse en particular los largos capítulos sobre Alemania, «From Antisemitism to Philosemitism», y sobre Estados Unidos, «Americanizing the Holocaust». Pero resulta más relevante el hecho de que Mishra se esfuerce por explicar a la opinión occidental blanca cómo los judíos, considerados durante mucho tiempo por los blancos como profundamente no blancos a todos los efectos prácticos, llegaron a ser invitados a unirse a sus torturadores cuando, después de 1945, convirtieron Palestina en su Estado-nación, tras haber intentado en vano esos exterminadores blancos emular la blancura en Europa occidental tratando a sus hermanos de Europa del Este como si fueran de color. Mishra sitúa la cooptación de los judíos en la Herrenrasse [raza dominante] blanca y el apoyo económico y militar sin precedentes históricos concedido por esta última al Estado de Israel, no en un hipotético sentido de culpa por parte de los supremacistas blancos por lo que les habían hecho durante siglos a los judíos, sino en la política de descolonización de las décadas de 1950 y 1960. Entonces, cuando la supremacía blanca estaba al borde del colapso, los blancos pudieron utilizar a un aliado para ayudarles a frenar la marea anticolonial, especialmente en Oriente Próximo, un aliado que, a diferencia de los desacreditados colonos, podía reivindicar un derecho histórico y moral, por muy endeble que fuera, a vivir y dominar donde, como pueblo, se les había permitido buscar refugio después de tanto sufrimiento.
El libro de Mishra ofrece a los lectores occidentales una idea de lo que ven y sienten los observadores del Sur global, cuando contemplan el absoluto desprecio con el que los colonos sionistas han tratado y siguen tratando a aquellos a quienes han arrebatado sus tierras y siguen arrebatándoselas. Para Mishra, esto es indistinguible de la forma en que los colonos europeos en África mantuvieron a los africanos locales tras la valla del apartheid y de cómo se sintieron con derecho, en el continente norteamericano, a exterminar por completo a quienes se interponían en su camino y a quienes creían que eran indios. Desde esta perspectiva, las eventuales diferencias que puedan existir entre Gaza y el Holocausto son menos relevantes, si es que lo son, que el idéntico papel que desempeñan en la legitimación y defensa de la supremacía blanca. En los últimos capítulos de su libro Mishra, siguiendo los pasos de Edward Said, presenta un notable esbozo de la concepción del mundo de lo que se ha dado en llamar «teoría poscolonial». En su centro se encuentran la conquista y la destrucción únicas de las sociedades tradicionales no blancas a lo largo y ancho del mundo por parte del imperialismo blanco, armado con una tecnología militar superior y pertrechado con las consabidas pruebas científicas de la inferioridad «racial» de sus congéneres humanos de color, a quienes habían convencido de que no eran humanos en absoluto. (A quien esto escribe le hubiera gustado encontrar algunas referencias más al capitalismo, además de al racismo, como fuerza motriz de la expansión occidental). El modo en que Mishra insiste en la necesidad de romper con la estrechez de miras de la historia mundial estándar blanco-occidental es impresionante por su erudición, en particular en lo que respecta a la forma en que la historia y la prehistoria del antisemitismo y la postura pro israelí encajan en la era moderna de globalización violenta y racista-imperialista. No es necesario aceptar todas las ramificaciones y exageraciones polémicas de la teoría poscolonial, aunque este lector, hasta ahora vergonzosamente desinformado, no ha encontrado mucho que objetar en su aplicación por parte de Mishra al caso de Gaza, para reconocer que la teoría social en el mundo después de Gaza tendrá que incorporar algunos de sus temas e ideas centrales para ser creíble no solo moralmente, sino también académicamente.
Alemania, el segundo partidario incondicional de Israel, podría ser, incluso más que Estados Unidos, un lugarmás que adecuado para investigar la conversión occidental después de 1945 del antisemitismo al filosemitismo. Con su impasible ecuanimidad ante la crueldad desenfrenada, su estudiada ausencia de emoción moral, el silencio gélido de su clase política e intelectual, de periodistas a profesores, de directores de cine y artistas a escritores, e incluso entre los estudiantes en la medida en que han crecido en Alemania y quieren hacer carrera allí, este país vuelve a aparecer como un caso extremo de desquiciamiento político. Tanto Mishra como yo prestamos especial atención a la versión alemana de la «israelmanía» estatal[4]. Sin embargo, lo que está sucediendo en Alemania en estos días todavía debe comprenderse plenamente: la transición a un filosemitismo fanático identificado como antipalestinismo, que mira hacia otro lado con la misma indiferencia moral de siempre, el mismo silencio oportunista, la misma cobardía despiadada. A continuación, abordaré algunos de los factores que creo que están en juego aquí con la esperanza de que se me perdone por utilizar los excelentes libros de Mishra y Fassin como ocasión para especular sobre algunas de las peculiaridades más aterradoras de mi país natal
Notas sobre la Gaza de Alemania[5]
Alemania no es el único lugar donde las fuentes tradicionales de cohesión social, identidad colectiva y lealtad política se han ido agotando en la era del neoliberalismo globalizado, socavando las instituciones heredadas de la política democrática del periodo de posguerra. A la incertidumbre sobre la identidad colectiva y la seguridad económica se han sumado los altos niveles de inmigración, en particular tras la apertura de las fronteras alemanas en 2015, verdadera fecha de nacimiento de Alterantive für Deutschland. En respuesta a la inmigración y al descontento que ha generado, desde el centro-derecha se alzaron pronto voces que pedían una insistencia y una aplicación más enérgicas de lo que, en la jerga de los asesores de imagen de la época, se denominaba Leitkultur alemana, esto es, la «cultura dominante» que definía la alemanidad, que los inmigrantes debían respetar, si no interiorizar, con independencia que quisieran ser alemanes o prefirieran no serlo. Las listas provisionales de actitudes y prácticas esencialmente alemanas cambiaban, pero siempre incluían elementos que se esperaba que fueran considerados no islámicos por parte de la comunidad musulmana, desde que los niños disfrutaran de carne de cerdo en los almuerzos escolares hasta que las mujeres caminaran por las calles sin pañuelos en la cabeza.
Las definiciones cada vez más autoritarias de la Leitkultur alemana también incluían la aceptación de la existencia de una responsabilidad especial, de facto intergeneracional, respecto al Holocausto, que postulaba un deber cívico derivado de ella, que incluía el apoyo al «derecho a existir» del Estado de Israel y ello con independencia de las fronteras que este decidiera establecer para sí mismo. Cuando después del 7 de octubre de 2023 los jóvenes inmigrantes, en particular los estudiantes, con raíces en Oriente Próximo comenzaron a expresar públicamente su solidaridad con las víctimas de la ocupación israelí de Gaza, el gobierno alemán, en consonancia con el lobby nacional proisraelí, dejó claro, que la Leitkultur alemana era vinculante no solo para los alemanes autóctonos, sino también para los inmigrantes, independientemente de su procedencia, y que ello se impondría, si fuera necesario, con la ayuda de la policía y de los tribunales. De modo precautorio, el antisemitismo, concebido de acuerdo con la «definición operativa» de The International Holocaust Remembrance Association (IHRA), fue declarado efectivamente inconstitucional mediante una resolución del Bundestag, la cual no es formalmente legislación y, por lo tanto, queda fuera de la jurisdicción del Tribunal Constitucional[6].
Posteriormente, la Israelkritik [la crítica de Israel], que durante un tiempo se toleró a regañadientes siempre que se limitaran a los medios y no a los fines de la guerra israelí, pasó a redefinirse de forma general como antisemita[7]. En efecto, esto convirtió al antislamismo y en particular al antipalestinismo en una expresión bienvenida del antiantisemitismo, trazando una línea divisoria entre los buenos alemanes antiantisemitas y los malos antisemitas antialemanes, tuvieran estos o no pasaporte alemán. Ello no solo estableció una versión de la cultura cívica alemana cuasi canónica cortada por el patrón de la Staatsraison, cuya adhesión a la misma puede ser y de hecho es puesta a prueba mediante cuestionarios administrados a los solicitantes de la ciudadanía alemana, sino que también ha alimentado el sentimiento antimusulmán y antiinmigración entre los votantes contrarios a la llegada de población migrante, ya que promete hacer más difícil o menos atractiva la inmigración de los musulmanes, instrumentalizando de facto el Holocausto para reservar Deutschland den Deutschen (Alemania para los alemanes). Aunque esta versión de la cultura cívica alemana se ideó para atraer a votantes de Alternative für Deutschland, en realidad ayudó a este partido a sustituir el antiguo antisemitismo de la derecha alemana como aglutinante social de una Volksgemeinschaft alemana por un nuevo antimusulmanismo, lo cual permitió que este partido, independientemente de su discurso etnonacionalista, se presentase como un firme defensor de Israel y de la complicidad del Estado alemán con el mismo.
La alineación con un partido völkische como Alternative für Deutschland no constituye el único problema para la economía moral alemana a la hora de definir el apoyo a Israel en Gaza como una lucha contra el antisemitismo. Aquí entran en juego significados y ambivalencias más profundos, que acosan la conciencia colectiva alemana en su lucha con los recuerdos de culpa y su deseo de redención, la cual se lograría mediante la institucionalización de los primeros. En el centro de todo ello se encuentra el dogma de la singularidad, de la incomparabilidad, del Holocausto, que es la contribución más trascendental del filósofo Jürgen Habermas a la cultura política alemana. La idea surgió durante el denominado Historikerstreit (el «debate de los historiadores»), cuando en 1986 Habermas, un lustro antes de la reunificación, atacó la afirmación, entonces planteada por el historiador Ernst Nolte, considerado cercano a la derecha burguesa y al nuevo canciller Helmut Kohl, de que el Rassenmord [asesinato racial] alemán de los judíos europeos había sido en cierto modo una «reacción causal» de la burguesía alemana al Klassenmord [asesinato de clase] de los bolcheviques durante y después de la Revolución de Octubre[8]. En opinión de Habermas, al presentar el Holocausto como una masacre estatal más del siglo XX, Nolte y quienes se pusieron de su lado minimizaban y trivializaban el crimen alemán con la intención de restar importancia o de negar la persistente culpabilidad de Alemania como país y ello a fin de abrir el camino hacia una política exterior alemana más nacionalista y segura de sí misma y de abandonar su compromiso con la integración europea. Si el Holocausto no era considerado categóricamente diferente de otras políticas de exterminio, que diferentes países habían practicado y continuaban practicando, el persistente sentimiento de culpa alemán, que presumiblemente había servido después de la Segunda Guerra Mundial para deslegitimar cualquier afirmación de un «interés nacional» de Alemania, por no hablar del liderazgo alemán en Europa, podría desvanecerse y la «cuestión alemana», que había ocupado de forma tan destructiva al continente durante la primera mitad del siglo XX, sería de nuevo una realidad.
La prohibición decretada por Habermas de hacer comparaciones pronto pasó a formar parte del conjunto de normas, informales y formales, que regulan el discurso político bienpensant en Alemania[9]. Hoy en día, no solo negar el Holocausto, sino también «minusvalorarlo» (verharmlosen), es un delito en Alemania, a tenor del Artículo 130 del Código Penal, que se ocupa de la Volksverhetzung (incitación pública al odio). El lenguaje, modificado una y otra vez a lo largo de los años, es tan complejo que resulta prácticamente incomprensible para los no juristas y apenas inteligible para los juristas mismos. Básicamente, el Artículo 130 tipifica como delito (a) negar el Holocausto, (b) situarlo en la misma categoría que otros delitos «normales», que niegan así su singularidad, y (c) incitar al odio contra alguien acusándolo de cometer un acto similar al Holocausto. Como resultado de esta norma, cualquier comparación en la retórica política o en la historiografía profesional con, por ejemplo, el exterminio de las dos ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en 1945 (que fueron dos para probar modelos competidores de bombas nucleares desarrolladas por Estados Unidos para su uso originalmente contra Alemania), con el prolongado bombardeo con napalm de los campesinos vietnamitas, o con el bombardeo de Hamburgo («Operación Gomorra») en julio de 1943 por la fuerza aérea británica bajo el mando de «Bomber Harris», no solo es moralmente frívola en Alemania, lo cual bien puede ser el caso, sino también punible por la ley, ya que podría reducir el Holocausto a un crimen contra la humanidad entre otros, lo cual es así tal vez porque se cree que esto legitimaría de alguna manera una supuesta persistente inclinación alemana por el asesinato racista en masa[10]. Por último, pero no por ello menos importante, esta comparación puede constituir legalmente una difamación, siendo los difamados aquellos cuyas acciones se comparan con el Holocausto, siempre que sean aliados de Alemania, y puede constituir además una difamación antisemita, si la parte comparada y, por lo tanto, difamada es el Estado de Israel[11].
En la vida intelectual normal, por supuesto, la comparación es la única forma de establecer empíricamente la naturaleza de algo, incluida su singularidad. Lo que está prohibido comparar se asigna así a priori a una categoría propia, con N=1, regida por leyes y principios propios, particulares más que universales, metafísicos en el sentido de que están fuera del alcance de las causalidades y teorías «físicas» de este mundo, lo que hace que su aplicación sea un error de categoría[12]. El tabú contra lo que en la jerga jurídica y política alemana actual se denomina «relativización»[13] del Holocausto, consistente en relacionarlo con otra cosa para comprenderlo mejor –comprender en el sentido de verstehende Soziologie[14]– también se aplica al ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, lo que convierte en blasfemo relacionar causalmente este ataque con una prehistoria que incluye, por ejemplo, dieciséis años de bloqueo y cientos de víctimas indefensas en el curso de lo que en la jerga militar israelí se denomina «cortar el césped»[15], como descubrió Judith Butler cuando, en respuesta a su Relativierung, fue declarada antisemita en Alemania[16].
La prohibición de la «relativización» también puede utilizarse para justificar la negativa a aplicar el derecho internacional a la guerra librada por Israel contra Gaza y contra la población palestina en general, y de hecho se utiliza ampliamente en Alemania con ese fin. Si el Holocausto es incomparable, la reivindicación israelí-likudista de la totalidad de Palestina, que al fin y al cabo es una consecuencia del Holocausto, también debe ser incomparable. De ello se deduce que los medios utilizados por Israel para hacer valer esa reivindicación no pueden ser genocidas, ya que un Estado solo puede ser acusado de genocidio, si es un Estado como todos los demás, sujeto a las mismas normas que los demás. Israel, postulada como la redención del Holocausto, no puede estar sujeto a tales normas y exigirle que las cumpla equivaldría a antisemitismo. Por eso, un historiador israelí como Omer Bartov, que ha dedicado su vida a estudiar el genocidio en todas sus brutales mutaciones, se arriesgaría en Alemania a ser juzgado por antisemitismo y a ir a la cárcel, si declarara públicamente que sus investigaciones han demostrado, como él mismo afirma con horror, que la guerra de Israel en Gaza es, efectivamente, un caso de lo que ha estudiado, esto es, de genocidio.
Un ejemplo de cómo, en la mente alemana, el carácter único del Holocausto genera inmunidad para el Estado de Israel no solo frente a la desaprobación alemana, sino también frente al derecho internacional, es la declaración pública emitida por Jürgen Habermas, junto con otras tres personas, bajo el título de «Principios de solidaridad», poco más de un mes después del 7 de octubre de 2023, cuando la destrucción israelí de Gaza estaba ya muy avanzada[17]. En ella Habermas habla de un «ataque de Hamás que no puede ser superado en crueldad» (den an Grausamkeit nicht zu überbietenden Angriff der Hamas; en su propia traducción al inglés, la frase se vierte, es de suponer que por razones tácticas, como «Hamas’ unparalleled atrocity»), comparando a esta organización, si bien de forma implícita, con el ámbito nazi, de modo que lo que él llama «la respuesta de Israel» no puede ser tan «cruel» como el estímulo de Hamás. A continuación, Habermas declara que la «represalia» está «justificada en principio» sin mencionar ninguna ley internacional, que pueda establecer límites a dicha represalia, para afirmar inmediatamente de manera apodíctica, que «a pesar de toda la preocupación por el destino de la población palestina», preocupación que no aparece por ninguna parte en sus «principios de solidaridad», «los criterios de juicio se desvanecen por completo, cuando se atribuyen intenciones genocidas a las acciones de Israel», ya que estas «no justifican en modo alguno las reacciones antisemitas, especialmente en Alemania» (¿y menos en otros lugares?). Una vez identificada la atribución de intenciones genocidas como antisemita, la declaración concluye: «Todos aquellos en nuestro país que han cultivado sentimientos y convicciones antisemitas bajo todo tipo de pretextos y ahora ven una oportunidad bienvenida para expresarlos sin inhibiciones deben acatar esto».
De hecho, en ningún otro lugar se han llevado a cabo debates sobre si la masacre de Gaza por parte de Israel cumple con alguna definición legal de genocidio con la misma sofistería impasible que en Alemania, como si importara mucho, si una matanza masiva, altamente tecnológica y profundamente asimétrica de una población indefensa y la destrucción sistemática de sus condiciones materiales de vida es técnicamente un genocidio o simplemente algo que se queda a las puertas de serlo. El simple razonamiento abductivo –«si parece un pato, nada como un pato y grazna como un pato, entonces probablemente sea un pato»– no penetra en las fortificaciones del corazón de piedra alemán, protegido de las emociones por una extraña combinación de Sachlichkeit [objetividad] y cobardía. Especialmente cuando lo que está en juego es la Staatsraison alemana, siempre habrá un abogado que emita un dictamen pericial tranquilizador, por muy extraño que sea; en Alemania siempre ha habido abundancia de abogados serviciales. Un ejemplo de ello es una destacada académica experta en derecho internacional, codirectora de un instituto de investigación aún más prestigioso, especializado en esta disciplina. Junto con otros juristas, representó a Alemania ante el Tribunal Internacional de Justicia, en cuya sede el Estado alemán había comparecido, sin necesidad alguna de hacerlo, para argumentar, siguiendo la línea de Habermas, que independientemente de lo que estuviera ocurriendo en Gaza, no era ni podía ser un genocidio. Una de las razones por las que esto tenía que ser así fue argumentada más tarde por esta académica en un artículo publicado en el Frankfurter Allgemeine Zeitung coescrito jnto con un colega israelí[18]. El artículo afirmaba que, si bien era cierto que los principales ministros del gobierno israelí habían expresado públicamente su firme intención de exterminar a la población de Gaza, bombardeándola y matándola de hambre, había que tener en cuenta que el ejército israelí, que al fin y al cabo insiste en ser «el ejército más ético del mundo», era conocido por rechazar las órdenes que infringían el derecho humanitario de guerra. Cito textualmente: «En la práctica, las tácticas bélicas y las operaciones específicas de Israel las determina casi exclusivamente el ejército. Hay indicios (¡!) de que el ejército se toma muy en serio su obligación de cumplir la ley de los conflictos armados. Además, las actividades del ejército israelí no las determinan únicamente las órdenes de sus generales. Un elemento característico de la cultura de las Fuerzas de Defensa Israelí (FDI) es la amplia discrecionalidad que se concede a los comandantes y soldados de menor rango. Un ataque contra la infraestructura civil está sujeto a una cadena de aprobaciones, pero de facto la decisión final recae en los soldados sobre el terreno»[19].
La guerra de Israel contra el pueblo de Gaza (para Habermas, simplemente una «población») ha dejado y sigue dejando ruinas por todas partes, sin duda en la propia Gaza, donde se estima que solo retirar los escombros llevará una década o más, pero también en Israel, cuyos ciudadanos ya han comenzado a abandonar su país en masa. Lo mismo ocurre con los países que siguen ayudando a Israel a llevar a cabo y a legitimar su genocidio en Gaza, países en los que habría que restaurar urgentemente el sentido de la integridad pública y la moralidad política, mientras ello sea todavía posible; y con las instituciones del derecho internacional, que serán tan necesarias ahora que el mundo lucha por un nuevo orden multipolar[20]. Se escribirán y se deben escribir muchos más libros sobre el «mundo después de Gaza». Pero sea cual fuere ese mundo, cuando tal vez se materialice, Gaza siempre formará parte de él, como las colonias y la economía esclavista de la era de la Ilustración, como Auschwitz y Varsovia, como Hiroshima y Nagasaki, como Vietnam y todos esos otros lugares de asesinatos en masa a gran escala, que tan a menudo nos hacen desesperar de nosotros mismos.
[1] El 25 de noviembre de 2025, la Max Planck Society, la principal red institucional no universitaria dedicada a la investigación básica de Alemania, informó en su sitio web sobre un estudio elaborado por su Institute for Demographic Research («Gaza: un estudio revela una pérdida de vidas y una caída de la esperanza de vida sin precedentes»). Utilizando sofisticadas técnicas de estimación, el equipo de investigación descubrió que «el número actual de víctimas mortales violentas [de la guerra de Gaza] probablemente supera las 100.000», con estimaciones que oscilan entre 100.000 y 112.000 (Gómez-Ugarte et al., 2025). El estudio y el hecho de que la Max Planck Society obviamente no pudiera evitar la publicación de este informe son aún más relevantes, si se tiene en cuenta que esta institución despidió en octubre de 2023 a un profesor visitante australiano por haber expresado en privado su satisfacción por la fuga de la prisión al aire libre dirigida por Hamás en Gaza.
[2] Parece justificado concluir, a partir de su notable resiliencia, que Hamás sigue gozando de un amplio apoyo entre la población de Gaza. El 30 de octubre de 2025, el Frankfurter Allgemaine Zeitung informó sobre una encuesta realizada entre los habitantes de Gaza, con una sofisticación metodológica impresionante, según la cual el apoyo popular a Hamás ha aumentado durante los dos años de la campaña genocida israelí («Die Hamas bleibt unter Palästinensern stärkste Kraft», p. 5). Por ejemplo, el estudio descubrió que el 69 por 100 de la población palestina de Gaza y Cisjordania estaba en contra del desarme de Hamás (el 87 por 100 en Cisjordania y el 55 por 100 en la Franja de Gaza); solo el 29 por 100 en total estaba a favor del desarme.
[3] Barghouti no se encontraba incluido entre los dos mil palestinos liberados el 13 de octubre de 2015 de la «detención administrativa» impuesta por Israel, esto es, de la situación de encarcelamiento ilimitado y sin juicio, contemplada en la primera fase del «Plan de Paz» de Trump. Por supuesto, el Plan no prevé ningún papel para el enemigo, salvo que entregue las armas y, por lo tanto, permita que las Fuerzas de Defensa de Israel lo maten.
[4] Sobre el mismo tema, véase Andersen et al. (2024), della Porta (2024; 2025a, 2025b), Friese (2024), Gysi (2016), Kundnani (2025) y Tübner-Hansen (2024a y 2025b).
[5] Como constaté después de terminar este manuscrito, gran parte de lo que digo aquí coincide con el reciente ensayo de Omer Bartov, «Wir haben nichts gewusst», Berlin Review, 10 de octubre de 2025.
[6] Una mera resolución del Bundestag no es, técnicamente, más que una declaración, lo cual significa que no es legalmente vinculante para nadie. Sin embargo, tal y como funciona la política alemana, en particular a través del dispositivo de la obediencia anticipada, en la práctica funciona como si se tratara de legislación formal, la cual no está sujeta a revisión judicial. Sobre la «fabricación de consentimiento» (Chomsky) burocrática de corte alemán, véase mi artículo sobre la Bundesamt für Verfassungsschutz [Oficina Alemana para la Protección de la Constitución] publicado en la London Review of Books (2024).
[7] Si la definición de la IHRA confirma este extremo es discutible, pero irrelevante: las instituciones públicas y las organizaciones privadas alemanas lo interpretan así y obligan a los ciudadanos a hacer lo mismo.
[8] Para una recopilación en inglés de los textos centrales del «debate de los historiadores», véase Knowlton y Cates (1993).
9 Para una interesante visión de «Habermas como pensador étnico por excelencia», véase Irfan Ahmad (2025). También desde una perspectiva «poscolonial», véase Saffari y Shabani (2025).
[10] Mencionar a otras víctimas de la maquinaria de exterminio nazi-alemana al mismo tiempo que el Holocausto está permitido por la ley, pero no se hace en un entorno social educad. La Erinnerungskultur alemana, hasta el día de hoy, simplemente no tiene en cuenta a los 2,8 millones de civiles polacos no judíos, que fueron asesinados bajo la ocupación alemana, además de los 3 millones de judíos polacos. (Esta es una de las razones por las que las relaciones entre Alemania y Polonia son tan malas hasta el día de hoy, a pesar de que ambos países son miembros de la Unión Europea). La situación es aún peor en lo que respecta a los 13-15 millones de ciudadanos no combatientes de la Unión Soviética (de los cuales 2,7 millones son considerados judíos), que fueron asesinados por la Wehrmacht y las SS detrás de la línea del frente, y los aproximadamente 4 millones de soldados del Ejército Rojo que murieron en campos de prisioneros de guerra alemanes (más de la mitad de la totalidad de los prisioneros de guerra soviéticos) y como trabajadores esclavos empleados en las fábricas alemanas. Cuando Alemania recuerda el genocidio nazi, lo cual hace varias veces al año, exclusivamente recuerda el Holocausto, que es lo que viene a la mente de la ciudadanía, circunstancia que de una manera francamente extraña disminuye a fin de cuentas la dimensión única y horripilante de la indiscriminada matanza nazi-alemana.
[11] No hay datos sobre la frecuencia con la que se invoca el Artículo 130 en los procesos penales, pero para cumplir su propósito, puede ser suficiente con que este simplemente exista.
[12] En realidad, un sacrilegio. Las connotaciones religiosas son evidentes. Cuando Moisés le preguntó a Dios por su nombre, la respuesta fue «Yo soy el que soy», es decir, Dios es único en su género. De ahí se deriva la prohibición de hacer una «imitación» de Dios, es decir, algo que pretenda ser «como» él, aunque nada pueda serlo. El incumplimiento de este mandato es un delito de lesa majestad: «Porque yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso». El pensamiento alemán bienpensant insiste en que el Holocausto es y seguirá siendo el crimen humano definitivo por antonomasia, que no puede conocer competencia alguna.
[13] Relativierung, como en: «den Holocaust relativieren»: relativizar en contraposición a absolutizar en el sentido de separar del contexto o singularizar, que es lo que se exige.
[14] Comúnmente conocida como sociología interpretativa.
[15] Término técnico utilizado por el ejército israelí para referirse al asesinato sistemático de personas de Gaza sospechosas de ser o de estar convirtiéndose en líderes de un futuro levantamiento, utilizando para ello misiles de precisión, drones o bombardeos selectivos.
[16] Sin embargo, no es un delito punible situar la fuga de la prisión de Hamás del 7 de octubre de 2023 en la misma categoría que el Holocausto, algo que hacen constantemente los políticos y periodistas israelíes y alemanes, cuando describen estereotípicamente el 7 de octubre como «el mayor asesinato en masa de judíos desde el Holocausto», convirtiéndolo en un asesinato de judíos de corte nazi por el simple hecho de ser judíos.
[17] Véase https://normativeorders.net/news/grundsaetze-der-solidaritaet-eine-stellungnahme/. Desplácese hacia abajo para ver la traducción al inglés.
[18] Barak Medina y Anne Peters, «Terror militärisch bekämpfen? Der Krieg im Gazastreifen. Ein nuancierter Ansatz» [¿Combatir el terrorismo con medios militares? La guerra en la Franja de Gaza. Es necesario optar por un enfoque matizado], Frankfurter Allgemeine Zeitung, 7 de marzo de 2024, núm. 57, p. 7.
[19] Traducción propia, WS. Compárese con los numerosos informes de la prensa internacional sobre las atrocidades cometidas por las Fuerzas de Defensa de Israel, incluida la tortura sistemática de prisioneros, algunos de los cuales cita Fassin, cap. 4, pp. 37-45. Cada día aparecen más, incluidos vídeos grabados por soldados de sus masacres y mostrados con orgullo en TikTok. En este contexto, cabe destacar el artículo publicado en The New Yorker el 25 de abril de 2025 sobre los abogados militares estadounidenses, que colaboran con el departamento jurídico de las FDI para aprender a rebajar los estándares actuales del derecho internacional humanitario. Véase Colin Jones, «What’s Legally Allowed in War. How U.S. military lawyers see Israel’s invasion of Gaza – and the public’s reaction to it – as a dress rehearsal for a potential conflict with a foreign power like China». Al parecer, la intención de los estadounidenses es aprender de las FDI cómo argumentar «que las leyes de la guerra son mucho más permisivas de lo que muchos [abogados] y la opinión pública parecen apreciar». Según el artículo, «Gaza no solo parece un ensayo general del tipo de combate al que pueden enfrentarse los soldados estadounidenses», cuya ejecución satisfactoria requeriría unos estándares legales menos estrictos, sino que puede servir como «una prueba de la tolerancia de la opinión pública estadounidense de los niveles de muerte y destrucción, que conllevan este tipo de guerras». Lo que viene a la mente aquí no es tanto China como un país como Venezuela, objeto de una invasión estadounidense lanzada para erradicar a los «narcoterroristas».
[20] Sin embargo, la aprobación por parte de la ONU del «Plan de paz» de Trump para Palestina es un precedente terrible.
Referencias
Ahmad, Irfan, «Habermas as an ethnic thinker par excellence: On critique, Palestine and the role of intellectuals», Teaching in Higher Education, vol. 30, 2025, pp. 1343-1362.
Andersen, Arne, Feest, Johannes y Scheerer, Sebastian, Apartheid in Israel – Tabu in Deutschland?, Colonia, ISP, 2024.
Bartov, Omer, «Wir haben nichts gewusst: Leugnung eines Genozids», Berlin Review, Reader 5, invierno de 2026, pp. 49-70.
Della Porta, Donatella, «Moral panic and repression: The contentious politics of anti-semitism in Germany», PArtecipazione e COnflitto, vol. 17, núm. 2, 2024, pp. 276-349.
— «The contentious politics of antisemitism: Stigmatizing, disciplining and policing protests in solidarity with Palestine», Londres, Verso, 2025a.
— «What’s Wrong with the German Left?», Catalyst, vol. 9, núm. 2 y 3, 2025b, pp. 148-174.
Friese, Heidrun, «Institutionalized anti-anti-Semitism in Germany and its aporias», European Journal of Social Theory, vol. 28, núm. 1, pp. 6-34, 2024.
Gómez-Ugarte, Ana C., Irena, Chen, Acosta, Enrique, Basellini, Ugofilippo y Alburez-Gutierrez, Diego, «Accounting for uncertainty in conflict mortality estimation: an application to the Gaza War in 2023-2024», Population Health Metrics, vol. 23, artículo número 55, 2025.
Knowlton, James and Truett Cates (eds.), Forever in the Shadow of Hitler? Original Documents of the Historikerstreit, the Controversy Concerning the Singularity of the Holocaust, Atlantic Highlands (NJ), Humanities Press International, 1993.
Kundnani, Hans, Hyper-Zionism: Germany, the Nazi Past and Israel, Londres, Verso, 2025.
Rübner Hansen, Bue, «The New German Chauvinism – Part I», LeftEast, 2024a.
— «The New German Chauvinism – Part II», LeftEast, 2024b.
Saffari, Siavash y Shabani, Azadeh, «Palestine, and the Colonial Unconscious of German Critical Theory», Middle East Critique, 2025.
Streeck, Wolfgang, «Anti-Constitutional. Review of Verfassungsschutz: Wie der Geheimdienst Politik macht, by Ronen Steinke», London Review of Books, vol. 46, núm. 16, 15 de agosto de 2024.
Recomendamos leer Craig Mokhiber, «El inicio de la era de la impunidad: Venezuela, Palestina y el fin del derecho internacional» y «La ONU abraza el colonialismo: análisis del mandato del Consejo de Seguridad para la administración colonial estadounidense de Gaza», Diario Red. Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, Informes de la Relatora Especial sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados desde 1967, Francesca Albanese, «Anatomía de un genocidio» (2024) y «De la economía de la ocupación a la economía del genocidio» (2025) y «Gaza Genocide: a Collective Crime» (2025).
Este texto se ha publicado en el European Journal of Social Theory y se publica aquí con consentimiento expreso de su autor.