La Balada de Blind Tom

Thomas Wiggins ante el piano
Historia del concertista de piano estadounidense más famoso del siglo XIX, Thomas Wiggins: esclavo, negro, ciego y autista

“Mirad, ese chico es una maravilla/ ¡No, es un bicho raro! / Pero a él nada le importa. / Sus manos negras apoyadas en las teclas / Saltando como una gran rana vieja / Y sus labios silbando como un tren. / Ten cuidado en cómo me llamas / Algunas palabras dejan huella / Puede que sea un idiota / Puede que sea un sabio / Yo no elegí esta vida para mí / Pero igualmente la quiero.”

Los versos pertenecen a la canción de Elton John “The Ballad of Blind Tom”, compuesta en 2013, y aunque no todos los que escucharon el disco lo sepan, hace referencia a un personaje histórico real: Thomas “Blind Tom” Wiggins, niño prodigio, esclavo negro, ciego, autista, pianista, compositor, imitador de voces y, a su modo, una de las figuras más destacadas de la vida cultural de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XIX.

El mero hecho de que Thomas sobreviviese tras su nacimiento en una plantación del estado sureño de Georgia en 1849 hay que atribuírselo a una sucesión de azares. Su madre, Charity Greene, tenía 48 años en ese momento y, según los testimonios, había parido ya entre quince y veintiún niños. Esto no habría de sorprendernos: Charity era una esclava negra y su función dentro del marco económico y cultural de la época era precisamente parir, proveer a su dueño blanco de más esclavos que pudieran luego, según la conveniencia, trabajar las tierras o ser vendidos al mejor postor.

La racionalidad de esta economía impedía por fuerza la crianza de niños esclavos con cualquier tipo de discapacidad, es decir, bocas inútiles que alimentar sin que luego redundasen en ningún beneficio para sus propietarios. Si un niño nacía ciego o con cualquier tipo de malformación visible, lo normal era matarlo de la manera más discreta posible. Su supervivencia constituía la más absoluta excepción.

En el caso concreto de Tom, cuyos ojos blanquecinos por las cataratas no dejaban lugar a la duda, Charity se las ingenió para lograr que una de las hijas de su dueño, Wiley Jones, lo bautizase. Semejante impertinencia consiguió evitarle la muerte, pero suscitó la inevitable venganza del amo, quien sin piedad decidió pocos meses después que Charity, su marido Domingo Wiggins (padre de Tom), y todos aquellos hijos que todavía estaban con ellos fueran puestos en venta.

Dado que los esclavos no eran considerados personas sino cosas, al vender una familia de negros el propietario podía decidir si se los ofrecía a un nuevo dueño en bloque, sin romper el núcleo familiar, o bien “por pieza”. De hecho, al ser vendida a Jones a la edad de treinta años, Charity ya había sido separada de su anterior marido y de varios hijos previos, a quienes nunca volvería a ver.

Aquí es donde entra en escena el general James Neil Bethune, abogado, editor de periódicos y soldado, quien al ver a la familia con su niño ciego se compadeció de ellos y decidió comprarlos. Por supuesto que Bethune no carecía de contradicciones. Aunque bien intencionado, no dejaba de ser un caballero sureño y su posicionamiento sobre la esclavitud quedaba bien claro en uno de sus escritos: “¿Qué es la esclavitud? Una clase de trabajadores no controlados por el gobierno, pues al ser como niños, al gobierno le costaría demasiado trabajo gestionarlos. Estos trabajadores son incapaces de cuidarse a sí mismos, de modo que son controlados por individuos que, no sólo son capaces, sino que además están deseosos de hacerlo.”

Puesta la familia a trabajar en su nueva hacienda, a Tom se le perdonó la vida y Bethune se olvidó de él. Pero en 1853, cuando el niño tenía cuatro años, la familia Bethune, que era muy musical, compró un piano para que tocasen sus hijas. El maravilloso mundo de armonías que emanaba del salón supuso una revelación para el pequeño esclavo ciego. No habrá sido la primera música que entró en sus oídos, ya que los esclavos de la plantación cantaban, y es probable que más de uno tocase algún instrumento, pero Tom quedó deslumbrado ante el sonido del piano, y a la primera oportunidad que tuvo se coló en el salón y puso sus manos en las teclas.

Como siempre que se habla de un niño prodigio, el relato sobre su primer contacto con el piano luego sería idealizado. Se dijo que, sin instrucción alguna, el pequeño llegó hasta el piano y empezó a tocar, sin error alguno, la misma pieza que acababa de interpretar Fanny, una de las hijas de Bethune. La verdad sería sin duda más prosaica: Tom se habrá acercado al piano, intentando tocar algo, y el espectáculo del niño ciego pulsando las teclas habrá conmovido o divertido (o ambas cosas) a la familia, de modo que alguno de ellos habrá consentido enseñarle algunos rudimentos. En todo caso, lo que no ofrece dudas es que se le permitió cierto acceso regular al piano, y que Tom demostró desde el principio una habilidad excepcional. Al cabo de un tiempo, el pequeño era capaz de repetir con bastante exactitud en el teclado todas las melodías que tocaban los demás, pero también de imitar cualquier sonido que escuchaba, fuera el cantar de un pájaro, el soplar del viento o el discurrir del agua en un arroyo. A los seis años Tom ya improvisaba sus propias melodías, explicando que tocaba “lo que me dijo el viento” o “lo que me dijo la lluvia.”

Si al principio Tom fue para los Bethune algo así como una mascota, una criatura singular a la que primero se le había perdonado la vida, y a la que ahora se le concedía, casi como una broma familiar, la posibilidad de acceder al piano, pronto resultó evidente que podía además resultar un bien valioso. Porque poco a poco se corrió la voz sobre las habilidades del pequeño esclavo ciego y la gente empezó a acudir a casa de los Bethune para ver al portento. Consciente de la oportunidad, James Bethune puso profesores a disposición de Tom para enseñarle nuevas piezas, y en 1857 alquiló una sala de conciertos a fin de que el niño ofreciese su primer recital en público. El éxito fue tal que Bethune trasladó a Tom a vivir en la casa principal, lejos de su familia de sangre, y organizó una profusa agenda de recitales, que en 1860 incluyó nada menos que un concierto en la Casa Blanca ante el presidente James Buchanan, convirtiéndose en el primer artista afroamericano en tocar allí.

Un cartel publicitario de ese mismo año lo promocionaba así: “Tom, el joven pianista negro ciego. ¡La maravilla del mundo y de nuestra época! El músico vivo más importante. Con sólo diez años domina el piano. ¡Toca dos piezas de música simultáneamente y al mismo tiempo pronuncia un discurso! ¡Toca el piano dando la espalda al instrumento! ¡Reproduce las piezas de música más difíciles con sólo escucharlas una vez! ¡Canta en alemán, francés e inglés sin comprender ninguno de estos lenguajes! ¡Realiza imitaciones del sonido del tambor, el tren, el carruaje y la guitarra, y toca al piano arias de las óperas más famosas!” El niño era también capaz de repetir discursos enteros de políticos con las mismas inflexiones y tonos de voz con que habían sido pronunciados.

Blind Tom de niño en la portada de una de sus composiciones

En el caso de Tom, lo prodigioso no se limitaba a su temprana edad, ni al hecho de que adquiriese tales habilidades siendo ciego. Considerando el pensamiento del sur estadounidense de la época, multiplicaba la hazaña el hecho de que el pequeño fuera negro (es decir, perteneciente a una raza inferior) y, según la opinión general, un idiota. Porque el agudo sentido del oído, esa finísima capacidad para reproducir a la perfección piezas musicales complejas o los más diversos sonidos o discursos, venían de la mano de una enorme dificultad para comunicarse verbalmente o relacionarse con los demás. Cuando no estaba al piano (y podía pasarse horas ante el teclado, había que arrancarlo del teclado a los gritos o convencerlo dándole golosinas), Tom se convertía en un ser errático, lleno de tics y manierismos, comía con las manos o directamente del plato, ponía su cuerpo en posturas inverosímiles y parecía ajeno a la mayor parte de las normas de convivencia. Al concluir cada pieza en uno de sus conciertos, Tom, que siempre se refería a sí mismo en tercera persona, aplaudía sus propias interpretaciones con tanto fervor como el público.

Mark Twain, quien se lo encontró en un tren cuando Tom se hallaba de gira, describió de este modo en 1869 la impresión que le causó: “Entré al vagón y me senté a meditar; pero no era un sitio adecuado para ello, porque muy pronto un hombre negro corpulento en el lado opuesto del vagón comenzó a balancear su cuerpo violentamente hacia adelante y hacia atrás, imitando con su boca el silbido y el traqueteo del tren con excitación salvaje. Golpeaba, silbaba, tocaba su campana, atravesaba los puentes con estrépito. ¡Santo cielo!, pensé, ¿será posible que este pobre diablo descarrile su expreso ciego y nos permita descansar? Pero no. Siguió así durante tres terribles horas. Sus ojos salvajes no podían ver. La mayor parte del tiempo mantenía la cabeza vuelta hacia los lados y hacia arriba. Su rostro estaba constantemente torcido y distorsionado. Cuando hablaba, lo hacía consigo mismo con excitación, de manera idiota e incoherente, pero nunca frenó su tren expreso imaginario. Me dijeron que era Blind Tom, el célebre pianista, un idiota inofensivo para quien todos los sonidos eran música y su imitación un deleite incesante. Hasta la disonancia tenía un encanto para su oído exquisito. Hasta el gemido, el traqueteo y el silbido de un tren eran armonía para él. Este fornido bruto torturaba sus músculos todo el día con este terrible ejercicio y luego, en lugar de tumbarse por la noche a morir de agotamiento, se sentaba detrás de un piano de cola y hechizaba a una multitud con el patetismo, la ternura, la alegría, el estruendo, la brillante y variada inspiración de su música.”

En la actualidad, todos estos rasgos de Tom serían identificados dentro del marco del espectro autista. Pero para poder hablar de autismo habría que esperar hasta 1943. En tiempos de Tom, esta aparente contradicción entre habilidades extraordinarias en algunos campos y tremendas dificultades en otros resultaba un misterio. Eran tiempos de auge del circo y de las galerías de monstruos, tiempos en los que no había ningún pudor en exhibir al público como curiosidad a personas con cualquier tipo de deficiencia o deformidad.

Blind Tom en su adolescencia

En 1861, cuando la Guerra Civil empezaba a insinuarse, Bethune, agotado por el esfuerzo de las constantes giras, le alquiló su prodigio a un agente, quien a su vez lo explotó organizando conciertos aquí y allá, pero siempre en el sur. Los aires contrarios a la esclavitud hacían temer que, si se aventuraban en los estados del norte, alguien podría apoderarse de Tom. El discurrir de la guerra fue minando la economía de la familia Bethune, cuyo destino económico acabó dependiendo casi exclusivamente del dinero producido por Tom, y del cual su familia de sangre no veía ni un céntimo. Cuando en 1865 venció el norte y se abolió la esclavitud, Bethune inició una huida desesperada con Tom e incluso planeó llevárselo a Europa hasta que se calmasen los ánimos. Pero no tardó en descubrir que las cosas no habían cambiado tanto. Bajo el paraguas del trabajo pago, los dueños de las plantaciones siguieron explotando a sus antiguos esclavos, y la ejecución de la justicia permaneció en manos de los mismos. Cuando Charity decidió reclamar la potestad sobre su hijo, un juez no dudó en declarar a Tom incapaz, nombrando tutor a Bethune. Para disimular la flagrante injusticia, se firmó un contrato donde los analfabetos padres del pianista estamparon su firma. Un ignominioso contrato gracias al cual Bethune se quedaba con el 90 por ciento de las ganancias producidas por Tom, mientras que a sus verdaderos padres se les otorgaba apenas un 10 por ciento que, contrato o no contrato, nunca recibieron.

Liberado así de cualquier conflicto legal, Bethune continuó explotando a Tom durante décadas, a veces en persona, otras veces a través de sendos agentes. La carga de presentaciones, que en 1866 incluyó por fin un viaje a Europa, forzaba a Tom a un ritmo aproximado de 35 conciertos mensuales. Cada tanto, Bethune le concedía breves vacaciones en su casa de Georgia, durante las cuales Tom alternaba momentos de reposo en el jardín con frenéticas horas sentado al piano. Y luego otra vez a salir de gira.

Blind Tom junto a su dueño y luego manager, James Bethune

El repertorio de Tom era amplio, e incluía centenares de piezas populares o clásicas, además de composiciones propias. El proceso de aprendizaje de cada pieza implicaba que alguien se sentase junto a él en el piano y tocase una cantidad de compases, que luego Tom repetía lo mejor que podía. Luego el instructor volvía a tocar el mismo fragmento tantas veces como fuera necesario hasta que Tom lo dominaba, y a continuación ya pasaban a la siguiente sección. La memoria de Tom era extraordinaria y, una vez que una obra estaba en su mente, ya no la olvidaba jamás. Una publicidad de la época aseguraba, quizás exagerando un poco, que Tom sabía de memoria unas cinco mil obras.

Es verdad que varios musicólogos y concertistas contemporáneos criticaban la técnica de Tom. Argumentaban que su digitación no se ajustaba a los cánones pianísticos establecidos, y que además, cuando interpretaba por ejemplo una sonata de Beethoven, no todas las notas eran exactamente las que indicaba la partitura. Es probable que fuera así. Teniendo en cuenta cómo aprendía las piezas, mal puede extrañarnos que introdujese aquí y allá pequeñas modificaciones con respecto a lo escrito en papeles que jamás había tenido la posibilidad de ver. Todo esto, sin embargo, no parecía importarle en lo más mínimo al público que llenaba las salas en cada función.

En 1885, la celebridad de Tom puso en evidencia la explotación de que era objeto. Una nuera de Bethune llamada Eliza, aparentemente conmovida ante el abuso, apoyó una nueva demanda para que Charity obtuviese la custodia de su hijo. En Nueva York la prensa se refería a Tom como “el último esclavo de los Estados Unidos”. Dada la repercusión mediática del caso, esta vez el juez neoyorkino falló en favor de Charity, pero en una evidente muestra de racismo, designó como tutora del pianista a la nuera de Bethune. Como corolario, tras el juicio madre e hijo ya casi no volverían a verse y Eliza acabaría explotando a Tom, beneficiándose económicamente de sus actuaciones, hasta la muerte del pianista a causa de un infarto en 1908 a los 59 años.

Tras su desaparición, el nombre de Tom acabaría diluyéndose poco a poco de la memoria colectiva y pasaría bastante tiempo hasta que su figura fuera recuperada. ¿Pero qué ha perdurado de su obra? ¿Y cuál era realmente el alcance de su arte? Puesto que nunca realizó grabaciones, el único legado palpable que conservamos son las descripciones de quienes lo vieron en acción y las partituras de sus composiciones. El proceso de transcribir sus propias piezas era arduo. Para empezar, Tom era muy celoso de su música y no quería que nadie más tocase sus creaciones, de modo que había que predisponerlo y convencerlo con paciencia para que se sentase al piano y las interpretase con lentitud, permitiendo la labor del transcriptor. Bethune publicó decenas de composiciones de Tom, algunas de las cuales fueron grabadas en fecha reciente por el pianista John Davis. Reconozco que al escucharlas (y en esto coincido con Deirdre O’Connell, autora de una excelente biografía del pianista) no se produce ninguna revelación. Sin desmerecer el empeño de Davis, las composiciones de Tom no dejan de ser marchas, valses y demás, obras que recuerdan a los clásicos románticos, todo muy de su época pero carente de cualquier rasgo especial de genio. ¿Dónde radicaba entonces la magia del pianista? Pues más allá de los comentarios escépticos de los concertistas antes mencionados, los públicos quedaban subyugados ante el piano de Tom.

Es probable que la magia haya quedado, precisamente, fuera de las transcripciones. Quizás la negativa a que su música se transcribiese tenía que ver con que él ya no la reconocía una vez transcrita. Tom, que tenía oído absoluto (podía reconocer cualquier nota musical fuera de contexto con sólo escucharla) e interrumpía un concierto si una tecla del piano estaba ligeramente desafinada, sin duda comprendía que lo que él tocaba y lo que reflejaban las partituras no era lo mismo. Sospecho que su arte tenía más que ver con la fuerza y la pasión de sus interpretaciones, con la actuación en todos los sentidos del término, que con las notas en sí, del mismo modo que muchos han intentado cantar o tocar la trompeta como Louis Armstrong pero nadie ha conseguido replicarlo.

Blind Tom en 1880, a los 30 años, en una foto publicitaria con el copyright de James Bethune

En vida, los periódicos de la comunidad negra estadounidense prácticamente lo ignoraron de forma sistemática. Mal podían digerir a alguien que había sido un estandarte de los ejércitos del sur y había actuado toda su carrera de la mano de su amo blanco. Sin embargo, poco después de su desaparición ya se esbozaba un sutil mea culpa. Un artículo publicado en el periódico afroamericano The New York Age en 1908 resumía el sentir general: “En cada rincón de nuestra nación, los grandes periódicos consideraron la muerte de Tom una gran pérdida. Los editores negros no expresaron pesar, pero se refirieron a las grandes sumas de dinero que hizo en vida o que dejó a su muerte. No le dedicaron ni una palabra a su legado artístico ni a su mérito demostrando el talento musical de su raza. Debe recordarse que Tom nació esclavo sin conocimientos de economía ni independencia. Su ceguera lo volvió más dependiente aún. No debe olvidarse que su amo se apoderó de Tom cuando era muy pequeño, lo instruyó, y que el prodigio musical desarrolló una relación muy íntima con su amo, lo que era esperable. Cuando terminó la esclavitud, él no deseó ningún cambio, estaba satisfecho, como lo estaban muchos esclavos que fueron liberados, pero prefirieron permanecer con sus antiguos amos. La independencia de espíritu que ahora nos caracteriza en muchos sitios no existía entonces. Las condiciones de vida eran diametralmente diferentes a las actuales.”

A esta situación habría que sumar, por supuesto, el autismo de Tom, quien prefería rutinas muy rigurosas y rehuía los cambios. Es probable que nunca haya comprendido del todo la naturaleza profunda de los acontecimientos políticos en los que se vio involuntariamente envuelto. En realidad, aunque se sepa mucho sobre su vida, el propio Tom sigue siendo para nosotros un misterio. Todo lo que conocemos sobre él es a través de las palabras de otros. Carecemos del testimonio de su propia voz, ignoramos sus sentimientos más profundos. Sí sabemos, porque lo han dicho muchos que se toparon con él, que su música le producía un gran orgullo. Cuando estaba al piano Tom se transformaba y todas las incomodidades de la vida cotidiana desaparecían. Al piano él dominaba la situación, se convertía en un ser superior.

En la misma carta antes mencionada, Mark Twain añadía sobre Tom: “Algún arcángel, expulsado del Cielo como otro Satán, habita en esta tosca coraza y se consuela y embellece su prisión con pensamientos, sueños y recuerdos de otro tiempo y de otra existencia, que encienden este terrón opaco con impulsos e inspiraciones incomprensibles para él, del mismo modo que el estúpido gusano no comprende la agitación del espíritu que lleva dentro y que acabará dotándolo de alas y permitiendo su vuelo. No es Blind Tom quien ejecuta estas hazañas extraordinarias e interpreta esta música maravillosa: es el otro.” 

Sería absurdo pretender que, en 1869, Twain adivinara la naturaleza de un autismo que todavía hoy no comprendemos del todo, pero intuyo que en lo esencial se equivocaba. Quizás Tom viviera a la deriva en muchos otros aspectos, quizás sólo fuese capaz de desentrañar un lejano eco de la vida social y política que lo rodeaba, pero cuando por fin se sentaba al piano se sentía en paz, en plenitud. En ese instante no había nadie más: ningún arcángel, ningún fantasma, ningún espíritu ajeno. Ante las teclas, y probablemente sólo ante las teclas, Tom era Tom y no había allí nadie más que él.