Nostalgia de Monsiváis
Presentan antología de textos para recordar al gran intelectual público Carlos Monsiváis
Mientras que Guy Debord analizó la sociedad del espectáculo y su falsa conciencia, el escritor mexicano Carlos Monsiváis prefirió examinar a través de la sátira y la ironía el vano espectáculo de la sociedad. Sin duda, dos acercamientos convergentes, pero que arrojan claves y caminos distintos. Monsiváis había estudiado filosofía, ciertamente, pero al final se decantó por la literatura, sobre todo periodística, convirtiéndose en el máximo exponente de la crónica en México.
Afortunada o desafortunadamente para nosotros, su figura literaria y mediática no ha encontrado relevo a quince años de su fallecimiento, sobre todo porque “Monsi”, como muchos le llamamos de cariño, nos legó una obra vastísima y apasionante en clave desacralizadora y humorística, y de la cual todavía nos queda mucho por descubrir. Si algo caracterizó al escritor mexicano, además de su mirada desenfadada, lúcida y lúdica de la realidad, fue su grafomanía. Su obra es inagotable y su presencia se echa de menos entre sus viejos lectores, así como entre sus amistades, quienes, en su decimoquinto aniversario luctuoso, comparten sus recuerdos y anécdotas en un libro que lleva por nombre Nostalgia de Monsiváis. Con ese título ha sido publicada una antología de textos que tiene el propósito estimular el interés de las nuevas generaciones por su amplia obra.
La antología, editada por Siglo XXI, fue presentada en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. Allí, Elena Poniatowska esbozó el retrato de una amistad con el autor de Por mi madre, bohemios (1993), Los mil y un velorios (1994) o Los rituales del caos (1995), entre otras obras: “Monsi, que ustedes lo sufrieron en carne propia, fue motivo de desvelo de quienes lo amamos y odiamos en una misma respiración. Quisimos pulverizarlo, sacarlo de nuestras vidas antes de que él nos sacara de la suya. Hay hombres así, únicos e indispensables. Carlos Monsiváis lo fue para nuestra zozobra cotidiana, y buscamos siempre su aprobación y su juicio. A pesar de que nos precipitaba al fondo del abismo, exactamente en el instante en que decíamos ‘ya no es posible’, ‘ya no aguanto’, ‘es un impuntual’; en esa hora negra y rencorosa, se producía el rescate; una llamada providencial nos regresaba al principio, al escuchar su frase ‘¿cómo estás?’, entonces se reabría la compuerta y todo era un recomenzar”.
Acompañada de la antropóloga Marta Lamas y el investigador Rodrigo Parrini, los dos coordinadores del libro, Poniatowska rememoró los años de su relación cercana con Monsiváis y leyó varios haikus que el cronista le enviaba, mensajes breves que filtraban su particular estilo de insolencia, como recordó la escritora y periodista: “Llamo a tu número de teléfono, finges la voz, hablas como Sara García”. Estallan entonces las risas en el auditorio, mientras que la autora de La noche de Tlateloco sigue evocando sus encuentros y desencuentros con Monsiváis. Luego, da un salto en el tiempo y lo evoca ya con sus cabellos prematuramente blanqueados, con su rostro más felino y con sus carcajadas más próximas al maullido. Con el tiempo -dice Elena-, se parecía cada vez más a sus gatos a los que amó incondicionalmente y a quienes les puso nombres tan singulares como Rosa Luz en Burgo, La Gata Christie, Ansia de Militancia, Eva-Sion, Fetiche de Peluche y Fray Gartolomé de las Barbas. Nuevamente, estallan las carcajadas en el salón donde se reúnen amigos y lectores de Monsiváis para recordarlo.
Mientras tanto, el caricaturista Rafael Barajas, El Fisgón, describe también al escritor en las páginas del libro: “Fue excéntrico e ingenioso hasta para nombrar a sus gatos. Pero una de sus excentricidades más ingeniosas consistió en ser un intelectual independiente en México. A esta excentricidad, hay que agregar que, además de haber sido un pensador riguroso, profundo y complejo, fue muy popular. Algunos atribuyen la popularidad de Monsiváis a su sentido del humor”.
Sin duda, el sentido del humor, la fenomenología del relajo, la jocosidad, la ironía mordaz, con las cuales descifraba a la sociedad, conformaron el estilo y la apuesta de la escritura que nos ha heredado el gran cronista, pero sobre todo nos da la clave para entender la actitud que lo definió, pues Monsi nunca dejaba títere con cabeza en sus escritos. La propia Poniatowska lo reconoce: “Los priistas eran sujetos de su constante e implacable sátira, así como los gobernadores de estado eran permanentemente expuestos. De hecho, se cuidaban, sin conseguirlo, para no hacer declaraciones demasiado folclóricas. Monsiváis fue feroz con ellos, con las autoridades eclesiásticas, con los diputados, con los senadores, con los columnistas. Los que más aportaron a su cosecha de estupidez humana fueron los reporteros del Distrito Federal y de provincia, los detentadores de todo espacio público también fueron clavados con alfileres en sus páginas”. Nadie se salvaba si lo ameritaba, y parecía que para Monsiváis en imbecilidad había mucho mérito, que no esfuerzo. En 1996, al recibir el premio Xavier Villaurrutia, por su libro Los rituales del caos, durante una ceremonia en la que estuvo presente el poeta Alí Chumacero, Octavio Paz, quien había sido maestro suyo, refirió que la vida de los mexicanos, sin “su pluma intensamente lúdica y moral, sería más triste y pobre”. Paz ahí no se equivocaba.
A quince años de su partida, el libro que reúne textos de Sabina Berman, Carmen Boullosa, Juan Villoro, Margo Glantz, José Woldenberg, Sandra Lorenzano, Elena Poniatowska, Beatriz Sánchez Monsiváis y Marta Lamas, entre otros, es un homenaje íntimo y vibrante, escrito por quienes conocieron y admiraron al gran intelectual público. Se trata de un compendio de recuerdos y experiencias en torno a la vida y obra del ensayista, como escribe Rodrigo Parrini en las páginas del libro, con la idea de transmitir a las nuevas generaciones la memoria de quién fue Carlos Monsiváis. Para nuestra generación seguirá siendo, sin duda, un genial cronista, periodista, activista, multipremiado y multifacético escritor, quien nos reveló muchas verdades sobre el mundo cotidiano, así como del pueril espectáculo de la sociedad, el cual describió exhaustivamente. Los personajes ruines, bellacos, depredadores, tontos…, configuraron ese espectáculo que le apasionó: el espectáculo de la sociedad, siempre al alcance y a la vista de todos, sin coste, gratuito, como decía Monsiváis, a quien seguimos recordando como el más grande cronista y amante de la cultura popular mexicana de nuestro tiempo.