El crimen más grave de la historia
Fueron 36 mil viajes a través del Atlántico, realizados entre 1514 y 1866, en los que el “mundo civilizado” que tanto añora Isabel Díaz Ayuso transportó a más de 9 millones de personas que fueron secuestradas, torturadas, esclavizadas, trasladadas en barco en condiciones infrahumanas y vendidas por esos grandes “civilizadores” en lo que llamaron “el Nuevo Mundo”.
De acuerdo con la base de datos sobre la trata de esclavos trasatlántica de la Universidad William Marsh Rice, ubicada en Houston, Texas, esta es la magnitud planetaria del crimen de lesa humanidad cometido por los países colonizadores, que por primera vez vincularon, a través del comercio de personas, a tres continentes: Europa, África y América, obteniendo por ello ganancias descomunales.
Portugal comercializó a 2.5 millones de personas; Gran Bretaña a 2.4; España a 1.5; Francia, 1 millón, y Países Bajos a 472 mil personas —incluidas niñas y mujeres— que fueron secuestradas de sus pueblos en distintas regiones del continente africano. Personas que eran marcadas con hierros candentes en el cuerpo, hacinadas en mazmorras; torturadas y ejecutadas ante cualquier intento de sublevación. Su traslado duraba, en promedio, 15 semanas en barco, en espacios insalubres, sin alimentos ni agua suficiente, desnudas y encadenadas.
Más de 1 millón murieron durante esos traslados por desnutrición y enfermedad. Cuando se amotinaban, los arrojaban al mar y cobraban a las compañías aseguradoras la “carga” perdida durante su traslado.
Esa transacción de personas, el sometimiento, esclavitud, traslado y venta de millones de personas provenientes del continente africano fue la base fundacional del sistema capitalista en los países occidentales que nos trajeron a las Américas la civilización.
Portugal comercializó a 2.5 millones de personas; Gran Bretaña a 2.4; España a 1.5; Francia, 1 millón, y Países Bajos a 472 mil personas —incluidas niñas y mujeres— que fueron secuestradas de sus pueblos en distintas regiones del continente africano
El trato bestial y sanguinario de los países europeos con los africanos, la deshumanización y la maximización de ganancias económicas por encima de cualquier connotación ética o moral, en la construcción del “Nuevo Mundo”, configuraron un régimen ideológico y político-jurídico que sentó las bases del capitalismo salvaje que perpetúa el subdesarrollo del continente africano y otras latitudes.
No debe extrañarnos, entonces, que ese bloque occidental se haya abstenido de aprobar la resolución de la Asamblea General de la ONU que califica la trata transatlántica y la esclavitud racializada de personas africanas como "el crimen de lesa humanidad más grave" de la historia moderna.
La iniciativa, presentada por una coalición de 60 países africanos, caribeños y latinoamericanos, reconoce que este sistema de explotación, que se prolongó durante más de cuatro siglos, constituye una violación del derecho internacional que no prescribe y que sus consecuencias siguen afectando a millones de personas en todo el mundo. El texto destaca que fue "el primer régimen mundial que codificó a los seres humanos y a sus descendientes como propiedad hereditaria, enajenable y perpetua", que convirtió "la reproducción humana en un mecanismo de acumulación de capital" e institucionalizó "la jerarquía racial como principio rector del orden político y económico internacional".
También reconoce el "carácter excepcionalmente generizado" de la trata de esclavos, que sometía sistemáticamente a las mujeres y niñas africanas a "violencia sexual, reproducción forzada, servidumbre doméstica y formas de explotación específicas por razón de género".
Esa transacción de personas, el sometimiento, esclavitud, traslado y venta de millones de personas provenientes del continente africano fue la base fundacional del sistema capitalista en los países occidentales que nos trajeron a las Américas la civilización
La resolución se aprobó con 123 votos a favor, 3 en contra —de Estados Unidos, Israel y Argentina, el único país del Sur Global que votó en contra— y 52 abstenciones, entre ellas las de prácticamente todos los países de Europa, Canadá y Japón.
El texto, impulsado por Ghana, reabre el debate global sobre el racismo estructural y las responsabilidades jurídicas de los Estados en la reproducción de un crimen sobre el que se montó el sistema de acumulación capitalista actual.
La esclavitud no prescribe; se perpetúa en una herencia de opresión de la humanidad. Y hoy, cuando los reportes de la Organización Internacional del Trabajo nos dicen que hay 50 millones de personas que viven con trabajos forzosos, una forma de nueva esclavitud moderna derivada de este sistema de acumulación brutal, el reconocimiento de la bestialidad que representa la esclavitud racializada se hace más vigente que nunca.