EEUU

Trump pone a América en el centro de su nueva Estrategia de Seguridad Nacional

El presidente de EEUU, Donald Trump - Will Oliver - Pool via CNP / Zuma Press / ContactoPhoto

El gobierno de Trump hizo público el nuevo documento estratégico de la Casa Blanca

El gobierno de Estados Unidos ha hecho pública su nueva Estrategia de Seguridad Nacional, un texto clave para comprender la doctrina global de cada administración en la Casa Blanca. En esta ocasión, Washington ha identificado preliminarmente lo que postula como sus grandes “éxitos internacionales”, replicando la manida narrativa de las “guerras terminadas” por el presidente Trump. A grandes rasgos, la nueva Estrategia de Seguridad nacional clarifica el enfoque estadounidense al respecto de las cinco grandes regiones de la doctrina internacional del país: África, Oriente Medio, Europa, Asia y el hemisferio occidental.

Es en este último, específicamente en el apartado americano, donde se encuentran algunas de las definiciones más relevantes. Considerando la determinación de la nueva administración trumpista de proceder con su particular “repliegue hemisférico”, buscando elevar su control sobre el continente americano en detrimento de Europa o África, indudablemente las especificidades de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional al respecto de América son decisivas.

La contradicción hecha doctrina

Cabe señalar que el texto fija algunos de los principios rectores de la segunda administración Trump que ya han podido, efectivamente, observarse en la práctica antes incluso de haber sido formalmente descritos en este documento. Quizá el más significativo sea el de la “paz a través de la fuerza”. En suma, tal concepto es poco más que una justificación retórica: dado que Trump prometió el “fin de las guerras”, pero no quiere abandonar la dinámica injerencista, el militarismo y la agresión bélica contra determinados actores que le son hostiles, necesita retorcer los hechos.

La explicación no sería que la promesa pacifista que Trump hizo durante la campaña fuera sencillamente una estafa electoral; en realidad —esta es la narrativa—, la “paz” (como valor abstracto) seguiría siendo el horizonte deseable, pero solo podría lograrse mediante el uso de la violencia —la “fuerza”— para hacer valer los “intereses nacionales” —los intereses imperiales—.

En este sentido, es también llamativa la contradicción entre ese principio rector —el de la “paz a través de la fuerza”— y otro que le sigue: la “predisposición por el no-intervencionismo”. En realidad, es una lógica eminentemente contradictoria: “No intervendremos, salvo que sea necesario intervenir”. ¿Cuándo es necesario intervenir? Cuando Estados Unidos así lo determine discrecionalmente.

La nueva orientación estratégica de Estados Unidos hacia el conjunto del continente americano, tal y como se desprende del documento, constituye una reformulación explícita —y en algunos pasajes abrupta— de los fundamentos hemisféricos de su doctrina imperial. Aunque la retórica oficial insiste en presentar esta actualización como una continuación natural de la tradición estratégica estadounidense, lo cierto es que se trata de un replanteamiento integral que, en la práctica, se articula como un retorno intensificado a la vieja lógica de la Doctrina Monroe, ahora con un añadido explícito: el autodenominado “Corolario Trump”.

La nueva orientación estratégica de Estados Unidos hacia el conjunto del continente americano, tal y como se desprende del documento, constituye una reformulación explícita y en algunos pasajes abruptade los fundamentos hemisféricos de su doctrina imperial

América en el centro

Pese a no renunciar al Pivot to Asia, el renovado interés por América evidencia un retroceso del poder estadounidense en sus expectativas de dominio en la región del Asia-Pacífico. La formulación respecto a América es nítida: restaurar la preeminencia de Estados Unidos en el Hemisferio Occidental y negar cualquier espacio de maniobra a actores no hemisféricos que pretendan adquirir influencia sustantiva en la región; es decir, China y otros actores no alineados.

El documento habla de “involucrar y expandir”. El primer eje —involucrar— plantea la necesidad de recurrir a una red de “campeones regionales” capaces de contribuir a una estabilidad favorable a la Casa Blanca. No se trata únicamente de reforzar alianzas previas, sino de incorporar en esta lógica a gobiernos que, aun no compartiendo las afinidades ideológicas de Washington, sí mantienen intereses convergentes. El objetivo último declarado es aplicar la agenda racista en materia migratoria, desarticular lo que Estados Unidos considera como redes narcoterroristas y asegurar rutas marítimas para el comercio favorable a Estados Unidos.

Es un programa que mezcla cooperación con los actores más o menos aliados, violencia contra los “díscolos” y recompensas para quienes acepten , y que se proyecta hacia ámbitos como la reorientación de la presencia militar estadounidense, incluyendo el uso potencial de fuerza letal en territorios fronterizos para sustituir lo que la administración califica como un “fracaso de décadas” en la política de seguridad. Traducido: vuelve la amenaza de agresión militar, tras haberse aplicado por última vez en Panamá en 1989 —y como amenaza real en Haití en 1994—.

Vuelve la amenaza de agresión militar, tras haberse aplicado por última vez en Panamá en 1989 —y como amenaza real en Haití en 1994—

El segundo eje —expandir— persigue ensanchar la red de países para los cuales Estados Unidos aspira a convertirse en el “socio preferente”. Este movimiento no es puramente diplomático, ni pretende disimular su dimensión coercitiva. Más bien parte de un diagnóstico: la presencia creciente de potencias externas en el continente —especialmente China— es, según la narrativa de Washington, el síntoma de una inacción estratégica que ha permitido que actores ajenos al hemisferio adquieran posiciones ventajosas, tanto en términos económicos como en infraestructuras críticas.

La respuesta propuesta que la administración Trump pretende dar es, en esencia, un chantaje sistemático: condicionar alianzas y ayudas a la reducción verificable de dicha influencia externa, identificar recursos estratégicos para su desarrollo conjunto con socios regionales y demostrar los “costos ocultos” —económicos, tecnológicos y de seguridad— asociados a la cooperación con China. Tal chantaje se está observando con nitidez en la actualidad con Argentina o Panamá.

En suma, la doctrina busca, simultáneamente, blindar el hemisferio bajo los intereses norteamericanos y reorientar la arquitectura política y económica americana bajo parámetros imperiales. No es casual que el texto defina, con nitidez, la disyuntiva que ofrece a sus socios: optar por un mundo “liderado por Estados Unidos”, o hacerlo por otro dirigido por actores “al otro lado del mundo”… y atenerse a la “respuesta” del propio Estados Unidos. Así, lo que se presenta como una estrategia de seguridad es, en realidad, una declaración de supremacía hemisférica renovada, envuelta en un lenguaje que oscila constantemente entre la promesa de estabilidad y la reafirmación de la autoridad imperial trumpista.