El Mundo computa la energía nuclear como "energía renovable" y simplifica los retos del sector energético

Una manifestación contra los megaproyectos de renovables — Ricardo Rubio / Europa Press
El Mundo ha celebrado en una noticia la cifra récord de generación eléctrica mediante renovables, entre las que incluye la nuclear, a la vez que ha simplificado los problemas ecológicos del actual modelo energético

En un artículo de reciente publicación, El Mundo ha informado de que “España bate su récord de electricidad libre de emisiones: el 75% fue generada por fuentes verdes”. En el texto, el diario destacaba la transformación del sector energético nacional hacia las “renovables”, e incluía las centrales nucleares bajo dicha etiqueta.

La noticia abría resaltando que “por primera vez en su historia España va a lograr un nuevo hito este año, ya que más del 75% de la producción será libre de emisiones de CO2”. A continuación, desgranaba el combo energético de 2024 en el que el parque atómico ocupa el segundo puesto, por detrás de la generación eólica, con un 19,5% de la producción total.

Este tipo de energía se destacaba como “tecnología renovable” mayoritaria en Cataluña, Comunidad Valenciana y Extremadura justificándose en que “a pesar del perenne e insalvable problema de sus residuos”, la energía nuclear “a todos los demás efectos se considera fuente libre de emisiones”. En ese mismo párrafo se declaraba que por esto mismo la Unión Europea la ha incluido en la taxonomía verde europea. Sin embargo, dicho texto sólo la recoge, junto con el gas natural, como un tipo de medida transitoria o de mitigación para sustituir en el corto plazo las fuentes fósiles. Esta decisión de la UE, por otro lado muy polémica, no convierte la producción nuclear en “tecnología renovable” por el mero hecho de que las materias primas que emplea son finitas y, de hecho, escasas.

Calificar, por otro lado, al parque atómico de “verde” o “fuente libre de emisiones”, si bien no resulta tan manifiestamente falso, es también cuestionable. La instalación y mantenimiento de las enormes centrales y sus infraestructuras, su desmesurado gasto hídrico, la minería y el transporte de uranio así como el “perenne e insalvable” problema de los residuos radioactivos son procesos que involucran un alto coste ecológico y económico, ambos totalmente omitidos en el texto.

“Polémicas aparte la realidad es que las fuentes limpias ya suponen tres cuartas partes de la generación (…) la apuesta renovable que hizo España hace unos años está dando sus frutos en los últimos”. El artículo da carpetazo así a cualquier duda sobre la sostenibilidad del combo energético de este año y procede al análisis de los retos del sector para su total descarbonización, los cuales resume en lograr garantía de seguridad y continuidad en el suministro. Estos elementos, que ahora aportan las fuentes nuclear y gasística, deberán sortearse a través de nuevos sistemas de almacenaje y otras soluciones técnicas que conviertan el suministro irregular de energía solar, eólica e hidráulica en fuentes “capaces de abastecer cualquier pico de demanda o situaciones en las que (el sistema) se vea tensionado por factores externos como fue Filomena o más recientemente la DANA”.

En síntesis, el artículo que publica El Mundo no sólo dice que el uranio es renovable, sino que ofrece una lectura simplista de la transición energética que trata de despolitizar la cuestión ambiental reduciendo las transformaciones ecológicas necesarias en nuestras sociedades a meros cambios técnicos en el proceso productivo. La trampa, en este caso, no está tanto en lo que se dice como en lo que se esconde.

Al dejar “polémicas aparte” la pieza olvida mencionar las paradojas de la sostenibilidad de las renovables, así como los daños colaterales de su actual forma de implantación, cuestiones ambas que no se resolverán mediante cambios en el sistema energético sino mediante un cambio del sistema energético.

Por ejemplo, no está claro que sea posible prescindir de la quema de combustibles fósiles para la producción de las células fotovoltaicas, el cemento o el acero necesarios para la instalación de paneles solares y aerogeneradores. Hasta el momento su fabricación ha dependido del empleo de carbón, de ahí que la implantación masiva de turbinas y placas no haya supuesto el final de las emisiones sino sólo su traslado a los países que producen dichos materiales. Tampoco se menciona la competencia global, cada vez más agresiva, por los minerales necesarios para la electrificación de la economía como son el cobre, el litio, el oro o las tierras raras, cuya extracción, por cierto, es también altamente contaminante. Ni siquiera se tratan los problemas que ya ha causado este modelo, como pueden ser las injusticias territoriales y los atropellos a la población rural en Galicia o Castilla y León, donde la administración pública ha facilitado la privatización de tierras comunales con usos agrarios para su explotación por empresas privadas ajenas al territorio.

En la celebración del hito de que un tercio de la energía en el Estado español se produzca mediante energías renovables (contando, claro, la nuclear) se esconde la legitimación de un modelo energético que no sólo es insuficiente para hacer frente a los riesgos climáticos que ya se experimenta la península sino que además lideran los mismos intereses económicos que se beneficiaban de la economía fósil.