Cómo ser Milei, su hermana Karina y un perro muerto
No sé si recuerdan aquella extraña comedia de Spike Jonze, Cómo ser John Malkovich, en la que un neoyorquino tropieza por casualidad con una planta intermedia entre los pisos séptimo y octavo de un edificio, repta a través de un túnel y de repente se encuentra en el interior de la cabeza de John Malkovich. Basada en un guion genial de Charlie Kaufman, la película cuenta con la participación del propio Malkovich, quien no se arredró ante el riesgo de que lo confundieran para siempre con un personaje que lleva su nombre. Varios estudios rechazaron el proyecto y uno de los productores llegó a preguntar por qué tenía que ser Malkovich el actor con el que todo el mundo sueña, por qué coño no podía ser Tom Cruise.
La realidad, sin embargo, es mucho más extraña que la ficción, y en los últimos años la gente ha demostrado en masa que es capaz de detener el ascensor político en medio de ninguna parte, un poco a la derecha de la ultraderecha, para intentar meterse en la cabeza de Donald Trump, de Alvise Pérez o, ya en plan kamikaze, de Javier Milei, de su hermana Karina y de un perro muerto. Posiblemente me equivoque, pero, aparte de la curiosidad, no se me ocurren muchos motivos plausibles para que un inmigrante, un taxista, una puericultora, un pobre hombre en general, voten a un tipo que se presenta a las elecciones con una motosierra, peinado en caída libre y vociferando como un loco.
Como novelista, entiendo perfectamente los motivos que podrían inducirme a escarbar dentro de la cabeza de Milei, de Trump o de Alvise
En términos psicológicos, una campaña electoral consiste en el modo en el que un candidato se introduce en la mente de sus votantes —un proceso de seducción que incluye promesas, mentiras y sobornos—, pero también en el espejismo por el cual los votantes aspiran a sentarse por delegación en el sillón presidencial, una fantasía que suele acabar mal, muy mal o peor, como cualquier fantasía que se precie. Sentarse en la cabeza de Milei o en la de Trump suena más a pesadilla que a otra cosa, pero no hay que olvidar que, cuando se le pidió al público que eligiera a qué personaje cinematográfico invitaría a cenar, una gran mayoría de insensatos eligió a Hannibal Lecter. La democracia es el opio del pueblo y hoy día hay muchísimos ciudadanos que llevan la papeleta sin saber que representa el menú donde ellos son el primer plato. También es cierto que, a estas alturas de la película, ya no hay excusas para no saberlo.
Como novelista, entiendo perfectamente los motivos que podrían inducirme a escarbar dentro de la cabeza de Milei, de Trump o de Alvise. Al fin y al cabo, los psicópatas, los dementes e incluso los tontos recalcitrantes han protagonizado páginas asombrosas que van de Shakespeare a Graves y de Dostoievski a Faulkner. Como peatón, sin embargo, procuraría poner tierra de por medio: un océano, a ser posible. Aparte de la ignorancia, la imbecilidad o las ganas de reventar el planeta, la única razón valida que se me ocurre para votar por Milei es un gusto temerario por la aventura, un placer suicida semejante al de esos personajes de las películas de terror que saben que no deben aventurarse en un sótano a oscuras y sin embargo allá que van, derechos a su propia muerte.
Llevando las analogías cinematográficas al límite, me imagino el siguiente monólogo interior de buena parte del pueblo argentino ante las urnas: “Este tipo parece un payaso diseñado por Stephen King. Habla como un payaso, grita como un payaso y hasta lleva una motosierra. Creo que voy a votarle, a ver qué pasa”. Lo que ha pasado es exactamente lo que imaginaban que iba a pasar, puesto que Milei tampoco es que haya engañado a nadie. ¿Qué esperaban de un presidente con un currículum más falso que una moneda de madera, que invirtió cincuenta mil dólares en clonar a su perro difunto y que incluso hablaba con él en sesiones de espiritismo? Hay gente que vota como quien hace balconing.
En una entrevista reciente, Milei hablaba de la posibilidad de que un robot impartiera justicia, así como de un hotel en Japón administrado por un robot. Más aun que en sus momentos de exaltación —por ejemplo, cuando abuchea a gritos desde un coche a la gente que lo abuchea—, es en estos tranquilos soliloquios donde uno cae en la cuenta de que quizá Milei haya llegado a penetrar en un agujero en su cabeza donde, allá al fondo, sonríen Javier Milei, su hermana Karina y un perro muerto ladrando desde el más allá. Los argentinos todavía están a tiempo de colocar de presidente en la Casa Rosada a un robot. Con un robot de cocina ya saldrían ganando, seguro.