Eco de Casandra

Gustavo Petro, Lula, Claudia Sheinbaum y Gabriel Boric — @Claudiashein / Reprodução
La alternativa es la catástrofe. La advertencia de Casandra ya fue ignorada una vez. El futuro no está escrito en los informes del FMI ni en los discursos de Davos

Hay diagnósticos que se escriben en el pulso del mundo mucho antes de que la fiebre convulsione el cuerpo social. Hablan de un veneno lento, instilado en las venas de la democracia durante décadas, que hoy convulsiona en el cuerpo global. No es una enfermedad nueva, ni son sus síntomas —el odio televisado, el planeta febril, la paz como un recuerdo lejano— una sorpresa. Son el eco de una profecía que nadie quiso escuchar, la voz de Casandra gritando en el desierto de los mercados.

Nos contaron la historia de un final feliz, un banquete eterno servido en la mesa del libre mercado. Para sentarse, solo había que entregar algo a cambio: la voz. El poder, nos dijeron, era un asunto de expertos, de hombres responsables que, como advirtió James Madison, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, sabían cómo "proteger a la opulenta minoría de los anhelos de la mayoría". Y así, mientras nos distraían con el brillo de las pantallas, el cromo de los coches nuevos y la promesa de una felicidad a crédito, fueron desmontando la casa por dentro. Viga a viga.

El laberinto de Minos: La jaula de la democracia

Primero, amurallaron el poder. Construyeron un laberinto de leyes y finanzas donde el voto se pierde y el dinero encuentra siempre la salida. Lo vimos en su forma más teatral cuando un presidente derrotado azuzó a una turba contra el Capitolio de su propia república el 6 de enero de 2021 y, años después, tras ser absuelto por un sistema judicial permeable a la presión política, regresó al trono aclamado como un patriota. Lo vimos en Argentina, donde un nuevo presidente borró de un plumazo y a través de un "megadecreto" de 366 artículos décadas de derechos laborales y ambientales, declarando que el parlamento era un obstáculo para la libertad, la suya. Lo vimos en El Salvador, donde un mesías tropical, con la excusa de la guerra contra las pandillas, encarceló a decenas de miles sin juicio y desmanteló la separación de poderes, aplaudido por una mayoría dispuesta a cambiar derechos por una frágil seguridad. Y lo vemos en la Europa de vieja estirpe democrática: en España, donde la justicia se convirtió en rehén de los partidos, con sus más altos órganos de gobierno caducados durante años, atrapados en un veto perpetuo que corroe la separación de poderes desde dentro; en Italia, donde gobiernos como el de Giorgia Meloni no solo amordazan a sus televisiones públicas con el sigilo de un consejo de administración, sino que impulsan reformas constitucionales para concentrar el poder en la figura del primer ministro. Redujeron la democracia a un ritual, una cáscara vacía cuyo contenido se decide en otra parte.

El canto de las sirenas: La anestesia digital

Luego, nos anestesiaron el alma. Nos sumergieron en un océano digital que consume, de media, casi siete horas diarias de nuestra vida. Un torrente de gratificaciones instantáneas, opiniones feroces y vidas perfectas empaquetadas para el consumo en plataformas diseñadas no para informar, sino para capturar nuestra atención y venderla al mejor postor. Nos enseñaron a confundir el scroll infinito con el conocimiento, la indignación de un instante con el compromiso, el consumo con la ciudadanía. En ese ruido deliberado, perdimos la capacidad de escuchar. La confianza, la moneda de cualquier sociedad funcional, se devaluó hasta la quiebra. El Barómetro de Confianza Edelman de 2024 lo certifica: la desconfianza en los gobiernos y los medios de comunicación es endémica. En ese vacío florece la mentira, y un rebaño desconcertado, como lo querían los viejos profetas del orden, se volvió incapaz de distinguir entre sus intereses y los de sus amos, tomando decisiones irracionales en contra de su propio bienestar.

La crisis climática no es un accidente. Es una decisión política deliberada, el éxito rotundo de una industria que compró a los reguladores y financió a los negacionistas

Mientras dormíamos ese sueño digital, rediseñaron la vida misma. La convirtieron en una competencia feroz de uno contra todos. El capital, ahora libre para cruzar fronteras sin trabas, puso a competir a los trabajadores del mundo entre sí, provocando un estancamiento salarial de décadas en el Norte Global. El trabajo, que antes era fuente de dignidad y lazo comunitario, se transformó en una cadena de inseguridades. La "gig economy" se vendió como modernidad, pero no era más que el viejo anhelo patronal hecho realidad: una masa de trabajadores sin derechos, sin vacaciones, sin seguro médico. La deuda se convirtió en el aire que respiramos, una soga invisible que nos mantiene dóciles. Solo en Estados Unidos, la deuda de los hogares superó la cifra récord de 17 billones de dólares en 2024. Una población ahogada en facturas de tarjetas de crédito y préstamos para un vehículo que apenas puede usar es una población que no tiene tiempo para levantar la cabeza.

La furia de los cíclopes: El auge de los hombres fuertes

Sobre este campo de cultivo de la desesperación, han crecido los nuevos hombres fuertes. No son la causa de la enfermedad, sino su fiebre más alta. Han llegado al poder en Washington y en Buenos Aires, en San Salvador, Roma y Berlín, con una fórmula perversamente sencilla: señalar al otro. Al inmigrante, al pandillero, a la minoría, a la mujer que reclama sus derechos. El éxito de Agrupación Nacional de Marine Le Pen en Francia, obteniendo más del 31% en las elecciones europeas, o la consolidación de Alternativa para Alemania (AfD) como segunda fuerza nacional superando a los socialdemócratas, no son casualidad. Canalizan la rabia justa de los olvidados no contra el consejo de administración que deslocalizó su fábrica, sino contra la familia que cruzó una frontera buscando el pan que a ellos les quitaron. Son los guardianes del sistema que fingen dinamitar.

Y con ellos ha llegado el tiempo de los incendiarios. La crisis climática no es un accidente. Es una decisión política deliberada, el éxito rotundo de una industria que compró a los reguladores y financió a los negacionistas. Lo vimos cuando la administración Trump no solo retiró a Estados Unidos del Acuerdo de París, sino que desmanteló pieza por pieza la Ley de Aire Limpio y abrió santuarios naturales a la perforación petrolera. Lo vimos en la Amazonía, donde durante el gobierno de Jair Bolsonaro la deforestación alcanzó un máximo de 15 años, con 11.594 kilómetros cuadrados de selva aniquilados en su último año de mandato. Mientras la casa común ardía, sus líderes sonreían. Mientras los glaciares de Argentina, esas catedrales de agua dulce eran puestos en venta para la minería, su nuevo apóstol hablaba de libertad de mercado.

El espejo de Narciso: La izquierda inmóvil

Frente a ellos, las fuerzas que deberían haber sido un dique de contención se encontraron desarmadas. La izquierda socialdemócrata europea, seducida durante años por el canto de sirena de la "tercera vía", había aceptado las reglas del juego del neoliberalismo. Cuando el casino se derrumbó en 2008, fueron percibidos no como la alternativa, sino como cómplices. El colapso fue histórico. El Partido Socialista francés pasó de gobernar el país a obtener un humillante 1,75% en las elecciones presidenciales de 2022. El SPD alemán, arquitecto del estado del bienestar, se vio superado por la ultraderecha en las europeas de 2024. Dejaron un vacío inmenso, un silencio que ha sido llenado por los gritos de la ultraderecha.

El despertar de los titanes: La rebelión del sur

Pero la historia no termina aquí. Porque desde la periferia del mundo, desde el Sur Global que ha sido durante siglos el laboratorio de este saqueo, se alza un murmullo. Es la memoria de otras luchas, el eco de la Conferencia de Bandung de 1955, cuando las naciones recién liberadas del yugo colonial se atrevieron a imaginar un mundo sin amos. Hoy, esa imaginación se ha convertido en una necesidad existencial.

Los amos del mundo olvidaron una lección: los únicos que pueden derribar a los dioses son los titanes que ellos mismos encadenaron

Desde el Brasil de Lula, se lanza un desafío a un orden mundial agotado, un llamado que interpela directamente al México de la Presidenta Claudia Sheinbaum. No se trata solo de dos naciones; es la posibilidad de forjar un eje de soberanía latinoamericana capaz de impulsar una nueva alianza mundial del progresismo y la izquierda. En la tribuna de las Naciones Unidas, la voz brasileña no es solo una queja, es una propuesta concreta: reformar un Consejo de Seguridad paralizado y anacrónico para dar asiento permanente a África y América Latina; reestructurar el FMI y el Banco Mundial para que dejen de ser instrumentos de austeridad colonial. No es una utopía, es pragmatismo puro ante un Norte en crisis. Es la constatación de que los viejos centros de poder, atrapados entre su complacencia y su furia nacionalista, han abdicado de su responsabilidad, dejando una silla vacía en la mesa de la historia que solo un Sur unido, liderado por sus dos gigantes, puede ocupar.

La propuesta de una Alianza del Sur no es un llamado a un nuevo enfrentamiento, sino a forzar un diálogo entre iguales. Se materializa en la expansión de los BRICS para incluir a potencias regionales de África y Oriente Medio, creando una masa crítica económica y demográfica capaz de construir alternativas. Su agenda es clara: presionar como un bloque unificado por la justicia climática y la financiación de "Pérdidas y Daños"; fomentar el comercio en monedas locales para zafarse del chantaje del dólar; y cooperar en ciencia y tecnología para romper las nuevas cadenas de la dependencia digital. El camino es incierto y está sembrado de contradicciones, como la negativa de México a unirse por su dependencia del Norte, pero el primer paso es construir el poder de negociación.

La alternativa es la catástrofe. La advertencia de Casandra ya fue ignorada una vez. El futuro no está escrito en los informes del FMI ni en los discursos de Davos. Se escribe cada día, en los actos anónimos de quienes se organizan, de quienes luchan, de quienes se niegan a aceptar que el cinismo es la única lucidez posible. Los amos del mundo olvidaron una lección: los únicos que pueden derribar a los dioses son los titanes que ellos mismos encadenaron.