El fuego no espera permisos
Hay algo muy nuestro en mirar las llamas desde la ventana y pensar: “ya veremos si esto merece ser nivel 3 o solo un problemilla de verano”, o como diría M.Rajoy “son unos hilillos de plastilina”, en relación con la catástrofe del “Prestige”. Como si el fuego tuviera la amabilidad de rellenar impresos, esperar al lunes para empezar su jornada o preguntar qué color de alerta nos conviene más electoralmente.
El fuego no espera. Arde. Y mientras lo hace, se lleva por delante hectáreas, animales, casas, recuerdos y VIDAS y, de paso, la poca coherencia política que quedaba. Porque resulta que hay comunidades que prefieren no decretar la emergencia máxima. No vaya a ser que reconocer la gravedad de lo que ocurre les obligue a pedir ayuda. No vaya a ser que admitir la magnitud del desastre suponga perder un poquito de control sobre la foto. No vaya a ser que reconocer que el cambio climático está aquí hace tiempo y cada vez es más irreversible, quite votos.
Y entre tanta calculadora política, ahí están los bomberos forestales: los héroes invisibles, los que no salen en los discursos, pero se juegan la vida con cada chispa. Mal pagados, con contratos precarios, con equipos a veces obsoletos, se enfrentan al infierno cada verano. A menudo con la sospecha de que su entrega vale menos que la firma que falta en un decreto. Y, para rematar, ni siquiera se les permite moverse con facilidad de una comunidad a otra para reforzar allá donde el fuego se ensaña más. Porque ya se sabe: el humo sube recto, pero las fronteras autonómicas son sagradas.
Es grotesco: tenemos a profesionales dispuestos a salvar vidas y bosques, y un sistema que les encadena a límites administrativos como si el fuego obedeciera mapas políticos. “Tú no puedes cruzar porque aquí manda otro partido”. Mientras tanto, las llamas y el horror no preguntan de dónde vienes.
Y no olvidemos lo más doloroso: en estos días ya hay personas que han perdido la vida en los incendios. Personas reales, con familias, con historias, que no volverán a casa. Sus muertes son la prueba más dura de que detrás de cada hectárea calcinada no hay solo paisaje, vida animal, flora, y patrimonios naturales irrecuperables, además, hay vidas humanas que se apagan porque seguimos tratando el fuego como un asunto burocrático en vez de una emergencia de país.
Lo curioso es que el fuego, sin quererlo, nos enseña mucho de nosotros. Nos recuerda que hemos dejado el mundo rural abandonado, que los montes se limpian poco o nada, pero los discursos se limpian mucho, y que lo público siempre es lo primero en recortarse y lo último en reforzarse. Nos recuerda que se puede poner precio a casi todo, menos al miedo de quien ve acercarse las llamas a su casa.
Y aquí llega lo mejor: cuando todo acabe, cuando se enfríen las brasas y haya que señalar culpables, veremos ruedas de prensa llenas de solemnidad. Habrá quien diga que “la gestión ha sido impecable”, que “los recursos han estado a la altura” y que “España entera se ha volcado”. Habrá medallas, fotos con sonrisas y hasta discursos de agradecimiento a los bomberos que, por cierto, seguirán cobrando sueldos de miseria.
Así que sí, demos las gracias. Gracias a los que deciden no decretar el nivel 3, por ahorrarles a los bomberos forestales ese lujo innecesario de tener más medios y mejores condiciones. Gracias por recordarnos que las llamas, como la precariedad, también forman parte de la identidad nacional. Gracias, en fin, por enseñarnos que la política del avestruz funciona… siempre y cuando uno no se queme las plumas.